Por: Néstor Braidot, Doctor en Ciencias, Master en Neurobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas (www.braidot.com)
Para que un plan estratégico que involucre un cambio importante sea aceptado con un menor grado de resistencia, es conveniente que durante su tratamiento se produzca en los participantes un efecto que denominamos “momentos de entendimiento” y, más aún, que se logre lo que llamamos “densidad de atención”.

Para “vender” un proyecto es necesario ser perspicaz, esto es, llevar a quienes escuchan a prestar atención y elaborar sus propias conclusiones en vez de presentarlas en forma de imposición.

En términos del funcionamiento cerebral, el cambio sólo se puede generar si un proyecto se sabe vender, es decir, si somos capaces de lograr que quienes nos escuchan se entusiasmen y atraviesen el proceso de hacer conexiones neuronales por sí mismos.

Esto se logra mediante momentos de entendimiento (insight), que pueden ser definidos como las experiencias sinergizantes (en términos de equipos de trabajo) que facilitan el proceso de cambio.

Los momentos de entendimiento son fundamentales para inducir al cambio, porque ayudan en la lucha contra las fuerzas internas y externas que tratan de impedirlo.

  • Durante un momento de entendimiento se crea una compleja serie de conexiones nuevas con potencial para aumentar nuestros recursos mentales y superar la resistencia del cerebro al cambio.
  • El ser humano sólo experimenta un momento de entendimiento cuando realiza por sí mismo el proceso de establecer conexiones.
  • Para que los momentos de entendimiento sean útiles, deben ser generados desde adentro, es decir, por el mismo individuo.

La expresión “densidad de atención” alude, por ejemplo, a la cantidad de atención que los miembros de un equipo le prestan a un líder que propone dejar ese negocio en el pasado para incursionar en uno nuevo.

Con suficiente densidad de atención, los pensamientos y actos mentales individuales pueden convertirse en una parte intrínseca de la identidad: quién soy, cómo percibo el mundo y cómo funciona mi cerebro.

Para una mejor comprensión de los conceptos que acabamos de presentar, debemos abordar ahora un tema de enorme importancia: el de la neuroplasticidad autodirigida.

Comenzaremos por explicar que la neuroplasticidad es el fenómeno mediante el cual el aprendizaje y la experiencia modifican continuamente el cerebro en forma temporal o permanente.

Por ejemplo, mientras usted lee estas líneas, un conjunto de células cerebrales están trabajando en la formación de una nueva red que pueda incorporar lo que estamos explicando. A medida que añada nuevos conocimientos, esta red crecerá cada vez más, y puede hacerlo durante toda la vida.

Las experiencias con ancianos corroboraron que una rutina diaria de trabajo intelectual muy simple, como leer o hacer
cálculos, produce cambios observables en el cerebro.

En 2005, una investigación publicada por el físico Henry Stapp y otros científicos vinculó el efecto quantum zeno (QZE) con las experiencias intelectuales. Durante los experimentos, se descubrió que al focalizar la atención en un tema, se estabilizaban los circuitos cerebrales asociados.

Esto significa que, si luego de leer lo que estamos escribiendo usted decide estudiar cómo funciona el cerebro, los estímulos que reciba a través de la lectura, videos documentales, clases o diálogos con especialistas harán que se mantenga abierto el circuito que ha creado. A medida que pase el tiempo, y usted vuelva una y otra vez sobre el tema, estos circuitos pueden generar cambios físicos estables en la estructura de su cerebro.

En el caso de los músicos profesionales, por ejemplo, se ha observado que tienen un número especialmente elevado de conexiones neuronales en zonas como la corteza motora (relacionada con el movimiento de manos y dedos), así como también en la corteza auditiva. Esta investigación, sumada a otras que abarcan diferentes especializaciones, ha corroborado que el cerebro cambia a partir de aquello a lo que le prestamos especial atención.

En otros términos, el cerebro de quienes no nos dedicamos a la música es diferente (físicamente) del de quienes llevan una vida entre partituras y, más aún, cada especialidad hace que la gente piense diferente a partir de lo que tiene inscripto en sus conexiones neuronales. Esto explica por qué, en las empresas, suele ser difícil lograr coincidencias.

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