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Herramientas para comunicarnos mejor

El ser humano es un ser hablante por naturaleza. Tenemos lenguaje y nos comunicamos a través de él. El lenguaje verbal no es la única forma para relacionarnos, sin embargo, es una forma muy poderosa para hacerlo. A través de nuestras palabras vamos tejiendo realidades. Lo que decimos, lo que no decimos y cómo lo decimos puede abrir o cerrar oportunidades, nutrir o traer problemas en nuestras relaciones, generar conflictos o resolverlos.

Todos somos dueños de nuestra propia capacidad lingüística. Sin embargo, no todos utilizamos el lenguaje en forma consciente. Aunque el rol del lenguaje ha sido ampliamente estudiado, analizado y discutido, muchas veces su importancia no es advertida en las organizaciones en sus dos expresiones más importantes: el lenguaje como impulsor de acciones y también como el elemento que construye el vínculo entre las personas por excelencia. Todo grupo humano es un sistema de relaciones que se cimienta, desarrolla y mantiene o no en el tiempo a través del eficiente-o ineficiente- uso del lenguaje. Los grupos humanos somos lo que somos desde las conversaciones que generamos, y las culturas organizativas son la narración compartida, lo que damos por sentado, lo que decimos y también lo que decidimos no decir.

¿Acaso hablo en japonés?
No sé por qué no me entiende….
Estas frases nos muestran que hay algo que está fallando en la comunicación entre algunas personas. Parejas, familias, empresas se han visto afectadas negativamente ante la incapacidad de utilizar el lenguaje en forma precisa y flexible. Es importante aprender a prestar atención a las formas en las cuales organizamos nuestra comunicación verbal, a las distinciones lingüísticas que facilitan el fluir del mensaje y desarman sorderas, y a diferentes modos en los cuales los humanos interactuamos. A través del lenguaje construimos, generamos, creamos. A través del lenguaje resolvemos.
Por eso, es esencial saber usarlo, ser conscientes del efecto de nuestras palabras en los demás, y también es muy importante afinar la escucha precisa, porque una vez que nuestras palabras se convierten en nuestras aliadas, todo es mucho más sencillo.
Cada cosa que decimos tiene cierto impacto, tanto en nosotros como en quien nos oye.
A través de las palabras emitimos opiniones, juicios y abrimos o cerramos posibilidades.
¿Percibimos realmente lo que sale de nuestras bocas? ¿Prestamos atención al tono de voz que acompaña a nuestras palabras? ¿Escuchamos a nuestros interlocutores? ¿Hacemos contacto con ellos? ¿Somos conscientes de que con lo que sale de nuestra boca estamos construyendo o destruyendo?

1 Qué sale de nuestras bocas
Muchas veces suponemos que nuestro mensaje es claro, y que ciertas cosas son obvias. Por eso damos mensajes recortados o demasiado generales, asumiendo que la otra persona debería saber a qué nos estamos refiriendo. Cuando no somos específicos en lo que decimos, dejamos abierta la posibilidad de que el otro interprete de acuerdo a la información de la cual dispone, no la que suponemos que debería tener. Cuando no explicamos con claridad porque creemos que ciertos temas son obvios y el otro debería saberlos, nos perdemos la posibilidad de mostrar realmente lo que queríamos transmitir.
Es importante que seamos claros, específicos y que tomemos en cuenta desde dónde nos están escuchando, es decir, qué información compartimos con nuestro interlocutor y cuál es nueva para esa persona.

2. Tono de voz
De acuerdo a muchas investigaciones en el ámbito de la lingüística, sabemos que el tono de voz que utilizamos al hablar le aporta a nuestra comunicación la carga emocional y la fuerza que a veces la palabra misma no tiene. La atención al modo en que decimos las cosas, que es interpretado por nuestros interlocutores como actitud e intencionalidad, es esencial para que el mensaje llegue y la otra persona no se ponga a la defensiva. Si nuestro tono es respetuoso, tendremos más posibilidades de ser escuchados, tomados en cuenta y nuestra comunicación será más efectiva. Sin embargo, es necesario recordar, que cada contexto tiene sus propias reglas, y en algunos lugares, nuestro tono deberá ser más suave, en otros más enérgico y firme.

3. Aprender a escuchar
De la misma forma que proponemos escuchar qué decimos, es necesario escuchar a los demás. Para hacerlo, es importante estar presentes en cuerpo, mente y alma. Es imprescindible acallar nuestra mente y oír lo que se nos está diciendo, en lugar de estar pensando en qué vamos a decir después. Si escuchamos creyendo que ya sabemos qué nos van a decir, nos perdemos parte importante de la comunicación.
Cuando lo que la otra persona dijo no es claro para nosotros, es bueno preguntar, por ejemplo: “¿A qué te refieres específicamente cuando dices…?”.

4. Conectar con nuestro interlocutor
La confianza es uno de los pilares básicos en cualquier relación. Cuando confiamos, encendemos una conexión importante entre la otra persona y nosotros. La confianza sana resuelve problemas y nos levanta de la cama cada mañana. A veces nos resulta difícil confiar cuando alguien ha hecho algo que nos ha decepcionado. Cuando eso sucede, nos ponemos en actitud de excesivo control para evitar ser heridos. Suponemos que de esa manera vamos a alejar el dolor. Sin embargo, si no volvemos a confiar, es muy difícil poder crear una relación de intimidad y apertura.
Antes de comenzar cualquier conversación o relación es bueno tomarnos unos segundos para establecer contacto con la persona con quien vamos a hablar. Lo podemos hacer desde el acompasamiento corporal, el contacto visual, y un genuino interés en comunicarnos. Cualquier capacitación básica en PNL puede enseñarte cómo hacerlo.

5. Recordar que con el lenguaje “hacemos”
A través de lo que decimos ejercemos actos lingüísticos, propuestos, descriptos y desarrollados desde la ontología del lenguaje. El hablar no es solo emitir palabras, sino hacer cosas con ellas. Veamos unos ejemplos:
Cuando efectuamos un pedido, abrimos un campo de posibilidad que antes no existía. Al comunicarle a otro que necesitamos algo, surge la posibilidad de que la otra persona nos oriente, nos lo provea, nos ayude, o nos acerque de alguna manera a eso que no podíamos hacer solos. Cuando ofrecemos algo, el otro se entera de que estamos disponibles para ayudar, trabajar, o vender algún producto o servicio. Es probable que hasta que no se lo digamos, el otro no se entere que estamos abiertos y disponibles para eso que decidimos ofrecer.
Cuando tomamos decisiones y las anunciamos en forma de declaraciones, algo se empieza a modificar en nuestra realidad. Por ejemplo: “A partir de ahora somos socios”, “Ya no voy a continuar con el negocio”, “Basta”, “Sí, acepto”.

Conclusión
Es muy importante prestar atención al tipo de conversación que mantenemos, a la forma en que lo hacemos, a los temas que tratamos, considerando cuidadosamente si eso aporta a la relación que intentamos construir o mantener, o está distrayendo, confundiendo o asustando.