Inicio Empresas y Negocios Cuando a las personas se nos hace difícil decir no sé

Cuando a las personas se nos hace difícil decir no sé

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Por: Gabriel Rivadeneyra E.

Hace algunas semanas, luego de haber dejado a mis hijas en el colegio, decidí regresar a casa caminando. De hecho, tuve que driblar más de una pista en reconstrucción, todas hechas al mismo tiempo por la Municipalidad de Lima, que nos recuerda esa mala costumbre que tenemos los peruanos de hacer las cosas a último momento.

A mitad de una calle, pude ver un aviso escrito a mano sobre un pedazo de cartulina desagradable, que colgaba del cuello de un maniquí vestido de minero que decía “se vende bentonitas. Dejando de lado el mal uso de la voz pasiva refleja en el aviso, me causó curiosidad la palabra bentonitas, por lo que decidí ingresar en la tienda en seguida. Ahí estaba la dependienta conversando con quien parecía ser un cliente. Me recosté sobre el mostrador a esperar que se desocupara la señorita. Mi curiosidad por saber de primera mano el significado de esta palabra, me llevó a desechar la idea de buscarla en Internet en medio de la comodidad de mi hogar.

Capturado por los vistosos uniformes de minero y curiosos artículos de pesca artesanal que se dejaban ver por las vitrinas, no me había percatado de lo alejada que estaba del mostrador la dependienta y su lúgubre trato hacia el señor.

_ Buenos días, señorita, interrumpí. Me podría decir qué significa bentonitas.

Hubo una pausa, noté en su rostro nisey (de origen japonés) un esfuerzo por hablar, un gesto de desagrado cuando se lo pregunté, y miró hacia el señor que decepcionado por algo que no entendí en ese momento, decidió retirarse. Sin embargo, de reojo, pude ver a aquel tipo que, a pesar de su enérgica partida, se había detenido antojadizamente a observar los artículos ofrecidos en la tienda.

_No está el encargado, me contestó la dependienta.
_Bueno. Yo sólo quiero saber qué significa bentonitas. ¿Me lo puede decir?
_Regrese más tarde.

Al no responder a mi inquietud, volteé y me percaté que una muchacha uniformada como ella entraba en la tienda; cuando me disponía a preguntarle, la dependienta me levantó la voz vociferando que aquella mujer no pertenecía a esta sección. Pero eso no me interesa, le repliqué. Yo sólo quiero saber qué significa bentonitas. Mientras le demostraba mi fastidio, logré ver a la chica que acababa de ingresar cómo hacía a un lado una cortina perfectamente camuflada al lado de unas cajas viejas, apiladas cerca de un escritorio, e ingresaba en un cuarto que parecía ser el almacén.

Si no trabaja en recepción, entonces debe trabajar en almacén, pensé; allí tienen que saber qué son las benditas bentonitas. Ganas de ingresar no me faltaron pero, ante la posibilidad de ser denunciado por irrumpir en propiedad privada, me arrepentí e incómodo me dispuse a abandonar la tienda.

Estuve a punto de cruzar la puerta, cuando aquel señor a quien encontré conversando con la vendedora, me interceptó para decirme que al igual que yo, él estaba allí para saber qué significaba bentonitas.

Los dos demostramos nuestra incomodidad y sorpresa por lo que nos estaba sucediendo y, casi al unísono, dijimos un par de groserías y nos retiramos.

Una semana después, de regreso de mi trabajo, y luego de ser expectorado por una combi (vehículo de transporte público), cuyo chofer había decidido tomar un atajo para evitar el tráfico causado una vez más por un par de calles en remodelación, decidí regresar a casa caminando. De nuevo vi al mismo aviso, pero esta vez, gracias a la Internet, yo ya sabía qué era bentonita.

Al pasar por la tienda no logré ver a la dependienta, sólo estaba un joven bajo de estatura, trigueño y de aspecto amable. Hasta ahora no sé por qué _si ya estaba informado_, decidí ingresar y preguntar.

_ Joven, buenas tardes. ¿Puede decirme qué significa bentonita?

Hubo una pausa, un esfuerzo por mover la boca, un gesto raro en el muchacho. Si no fuese porque el hombre era gago, habría creído que la historia se repetiría.

_ Es un aislante de arcilla, me dijo.
_ Y, ¿para qué sirve?
_ Para hacer pozo tierra, señor. La usan los mineros, y también los electricistas cuando hacen instalaciones subterráneas.

Apenas terminé de agradecer al muchacho, pude ver a la dependienta saliendo del almacén. Se acercó a nosotros y me reconoció. Nos saludamos con cortesía, a pesar de todo, y le contó al muchacho sobre mi inquietud. Le dije que su compañero ya me había desasnado. Esta palabra les causó mucha risa.

Aproveché ese momento de buen ánimo para pedirle a la dependienta las razones por las que jamás resolvió mi inquietud.

_ Es que no sabía, señor. Me dijo avergonzada.


Fuente: GestioPolis

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