Inicio Empresas y Negocios El síndrome de la góndola infinita aterra a los indecisos

El síndrome de la góndola infinita aterra a los indecisos

La película no fue precisamente la comedia del año, pero tiene una frase que viene al caso. En “La mujer de mis pesadillas” (2007), Ben Stiller repasa las dudas que lo atormentan sobre su novia a su padre, el actor Jerry Stiller (progenitor del protagonista de “Loco por Mary” en la vida real, y a su vez papá de George Constanza en la serie Seinfeld). “Al final del día”, dice Stiller (hijo), “es como si la hubiera elegido por sobre todas las mujeres que existen en el mundo”.

Y ese es justamente el punto. Las reglas de la racionalidad estricta que supone la economía tradicional como comportamiento habitual de las personas indica cuando se define una decisión (de compra de un producto, de una apareja, de lo que sea) hay que comparar con la opción disponible inmediatamente inferior, y quedarse tranquilo con la determinación tomada si se la supera. Pero lo que sucede habitualmente es que la gente compara con la sumatoria de la satisfacción perdida por no haber elegido todas las opciones restantes, y por lo tanto aparece condenada a una insatisfacción permanente.

El psicólogo Barry Schwartz, autor de “The Paradox of Choice” (“La Paradoja de la Elección”) lo descubrió cuando compraba sus jeans: mientras que hasta hace diez años sólo había que dar el talle, ahora hay infinitas posibilidades de color, tela, tipo de calce, etc. “En la sociedad industrial occidental existe un dogma: si queremos maximizar el bienestar de nuestra sociedad, debemos maximizar su libertad, y para ello, cuantas más opciones tengan los individuos, mejor”, explica.

Pero los experimentos de Schwartz y de otros colegas suyos marcaron lo contrario. El exceso de opciones en la sociedad de consumo puede, inclusive y pasado cierto umbral, provocar angustia y parálisis en los agentes económicos, que terminan mareados ante tanta oferta de celulares, fondos de pensión o lugares de veraneo. Paradójicamente, en lugar de la liberación que supuestamente debería inducir.

Pero ese no es el único efecto adverso. Aunque se logre superar la parálisis y tomar la decisión, lo más probable es que la satisfacción derivada de ese acto sea mucho menor en un mundo de casi infinitas opciones. Cuantas más alternativas existen, es más fácil arrepentirse del camino elegido. Schwartz vuelve al ejemplo del jean: antes, si uno no estaba conforme con el pantalón comprado, la culpa era del fabricante. Ahora, la culpa pasó a ser propia: ¿Por qué no se eligió el modelo correcto, entre tanta oferta?

La gran cantidad de opciones también hace que se eleven las expectativas que se tienen a priori. Y, como descubrieron los neurocientíficos y economistas de la felicidad, tendemos a sobreestimar el nivel de satisfacción derivado de la compra de un producto. “La clave de la felicidad: bajas expectativas”, dice Schwartz, medio en broma, medio en serio. O como dice el refrán: “Rico no es el que tiene mucho, sino el que poco necesita”.


Fuente: Clarín

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