La luz del sol tarda ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra. Durante ese lapso, todo parece normal. Pero si el sol se apagara, cuando lo notáramos ya sería demasiado tarde. Algo muy similar sucede hoy en muchas organizaciones: la inteligencia artificial ya cambió las reglas del juego, pero todavía hay empresas que actúan como si nada estuviera pasando.
La discusión sobre IA suele quedar atrapada entre la fascinación y el miedo. Sin embargo, el verdadero riesgo no está en exagerar su poder, sino en subestimarlo. La inteligencia artificial ya traduce ideas en textos, acelera decisiones financieras, automatiza procesos industriales y genera contenidos en tiempo real. No es una promesa futura: es una infraestructura activa que redefine el trabajo, los ritmos y por supuesto, los objetivos de negocio.
El problema aparece cuando las organizaciones miran para otro lado. No decidir, o no capacitarse, también es una decisión. Y en este contexto, suele ser la peor. La IA puede potenciar negocios, pero también amplificar desigualdades y tensiones visibles y ocultas. Cada avance tecnológico dejó huellas ambiguas: más información, pero también más ruido; más conexión, pero menos conversaciones y encuentros. Pensar que esta vez será distinto es ingenuo.
Por eso, el desafío real no es sumar inteligencia artificial, sino integrar con criterio. Muchas personas ya la usan dentro de las empresas sin una estrategia común, sin métricas ni planes concretos. El uso fragmentado no transforma. Liderar implica ordenar, priorizar, rediseñar y hacer que la pelota circule, que las personas participen activamente. De nada sirve incorporar soluciones genéricas: hace falta repensar procesos completos y construir herramientas alineadas al negocio.
La inteligencia artificial no viene solo a acelerar tareas, sino a cuestionar cómo se toman decisiones. Eso exige liderazgo activo y paciencia estratégica. Pero hay un punto aún más profundo: el lugar de lo humano. En un entorno dominado por algoritmos, la inteligencia técnica deja de ser diferencial. Lo escaso pasa a ser la experiencia, los valores, la ética y la capacidad de generar sentido.
La empatía no se automatiza. La confianza no se programa. La experiencia no se reemplaza. Los líderes del futuro no serán quienes administren mejor, porque esa función será optimizada por la IA. Serán quienes sepan interpretar contextos, inspirar equipos y expandir lo humano en sistemas cada vez más automatizados.
Estamos entrando en un territorio desconocido. Y antes de avanzar, hay una pregunta que ninguna tecnología puede responder: ¿para qué? El propósito no puede reducirse a resultados económicos. Cuando el único objetivo es el dinero, el vacío se nota, y el mercado lo percibe. Las personas no conectan con productos, conectan con causas.
El propósito auténtico incomoda, porque obliga a decir y hacer, a ser coherentes, a comprender que una oportunidad es una responsabilidad y que ésta hay que sostenerla en el tiempo. Desde el primer día de Santex hubo un norte claro: hacer tecnología con propósito. De hecho, años después creamos una fundación 100% enfocada en multiplicar las oportunidades de la sociedad más allá de nuestro ecosistema, en el territorio. La innovación sin impacto humano es solo ruido. Transformar no siempre requiere grandes recursos, sino claridad sobre qué se quiere cambiar.
La definición del propósito no debe delegarse a la inteligencia artificial. Nos corresponde a los líderes decidir qué automatizar y qué preservar y hacerlo realidad con nuestros equipos de trabajo, colaboradores, proveedores, en cada interacción. El Foro Económico Mundial ya lo advierte: creatividad, curiosidad y resiliencia serán habilidades centrales. Integrar IA no es implementar herramientas, es la humilde oportunidad de volver a las bases para pulir y potenciar aquello que nos diferencia a los humanos.
Por: Juan Santiago. CEO y Founder de Santex








