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La Quebrada, al pasito lento

El sol, que es muy generoso en la Quebrada de Humahuaca, refuerza los colores inauditos de los cerros de Jujuy. Colores que uno no sabe con qué palabras nombrar. ¿Cómo se llaman, acaso, esos colorados, amarillos y marrones con su infinita variedad de matices? También es inagotable la manera de abordar esos cerros y sus tonos. Y una de las formas más originales e intensas es a caballo, en travesías que parten desde Tilcara y que proponen un viaje hacia la magia, hacia las tradiciones andinas. Hacia el silencio mismo.

Una de las excursiones más solicitadas es la que se dirige a la Quebrada Escondida. Con una duración de 7 horas -de 10 a 17, para ser más precisos-, la travesía es de exigencia media y consiste en una recorrida por la playa del río Grande, entre cortaderas que bordean el curso de agua, hasta el llamado “pequeño volcán” (una quebrada), que marca el camino hacia una visible peña blanca. Este cerro sirve como puerta de entrada a un laberinto de colores fascinantes.

Allí se arriba hacia el mediodía y se hace una parada de dos horas para disfrutar de la típica comida andina. Entonces, Max Ezcurra, el guía, le prepara a los visitantes “unas comiditas” a base de papas andinas, quinoa, quesos de cabra, dulces caseros, vinos de Cafayate y pan casero. “En esa paz empieza la magia”, afirma. El regreso a caballo será más breve, de una hora y media, por un camino que atraviesa algunas chacras de agricultores. Se trata de un sendero de álamos, es decir, con sombra. Algo tan preciado como el agua en estas alturas jujeñas.

Para corazones sensibles
También de exigencia media y con una duración de seis horas, se llega a la Quebrada de la Cruz desde Tilcara, luego de cruzar el río Grande. Recién se hará un alto al encontrar un fondo de peñas rojas y amarillas, que no tarda en aparecer. Precisamente en ese lugar, la propuesta consiste en bajarse del caballo y realizar un corto trekking sobre arenas coloradas. El punto culminante será el llamado “ojo de piedra”. Es entonces cuando la quebradita se va haciendo cada vez más angosta y parece abrirse en un laberinto con varios brazos. Sin perder de vista uno de color morado, se pega la vuelta entre los corrales de los campesinos vecinos y la comunidad indígena de Huichaira.

La salida menos exigente es la que culmina en un clásico de esta zona de la Quebrada de Humahuaca: la Garganta del Diablo. La partida es a las 10 de la mañana y el regreso a las 16, luego de alcanzar esa vertiginosa grieta que se abre en la tierra, justo donde nace el río Guasamayo. El camino hasta la Garganta regala algunas de las mejores vistas de Tilcara.

Resulta curioso para quienes visitan esta región del Noroeste por primera vez observar cómo bajan de los cerros aquellas viejitas -dicho así, con el mayor de los respetos- caminando sin apuro alguno. O con los paisanos al frente de sus caravanas de mulas o de burros. Es que viven allí, casi tocando el cielo. Y no se trata de una postal, aunque más de uno intente fotografiar la escena, ante el desconcierto y algo de malestar de los protagonistas.

Dormir en los cerros
El programa que demanda más resistencia física es el del Abra del Sucho. En este caso, la excursión parte a las 9 de la mañana y el retorno a la bella Tilcara será a las 19… pero del día siguiente. Es por eso que hay que llevar una bolsa de dormir para pasar la noche en un refugio de montaña. Y abrigo, claro está, porque las noches son bien frías, al permanecer a casi 4.000 metros de altura.

Detrás de la pared del Zenta, el guía promete “un mar de nubes” y “una danza de cóndores”. No suena nada mal.

Rumbo al este y a la parte alta de esa zona, el primer día será una larga subida, con la recompensa de la conmovedora vista de todo el pueblo a los pies. El entorno es absolutamente virgen y, también, aparenta ser inmóvil, ya que no tardan en aparecer algunos guanacos y los cóndores danzantes, interrumpiendo apenas aquel silencio eterno.

Luego del desayuno más alto jamás probado por los integrantes de la caravana, en la segunda jornada se empieza a bajar de la montaña. El horizonte ya no será una sucesión de picos encrespados, recortados sobre el cielo diáfano. Aquí el horizonte se abre amplio, entre el mar de nubes prometido.


Fuente: Clarín

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