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¿La realidad es la única verdad?

Por: Juan José Arévalo, Coach profesional en M&C Consulting, ingeniero y empresario

Por cierto que la realidad que observa cada uno no es la única, porque cada individuo la aprecia de distinta manera. Es decir que nuestros pensamientos influirán no solo en la percepción del mundo, sino también en la calidad de vida que tenemos.

¿Nuestros modelos mentales influyen en nuestras emociones y estados de ánimo?

¿Somos verdaderamente capaces de modificar creencias?

Vemos al mundo como somos
El observador que estoy siendo es el que define mis conversaciones internas y externas, mi emocionalidad y mi corporalidad. Estos son los tres dominios en los que se desenvuelve el ser humano, y los responsables de nuestra calidad de vida.

Vemos al mundo como somos, y somos como vemos al mundo. Al observar y escuchar, no solo vemos y oímos lo que sucede a nuestro alrededor, sino que además lo interpretamos. De este modo, vemos y oímos como hechos biológicos, e interpretamos porque juzgamos desde nuestro conjunto de creencias y paradigmas lo que observamos y escuchamos.

Por supuesto que tenemos un acotado rango de posibilidades con respecto a la visión y la escucha biológica. Pero también nuestras creencias pueden limitar la posibilidad de interpretar lo que estamos observando y escuchando, y esto puede distorsionar nuestra captación en el momento de la interpretación.

Si chequeamos cuál es el compromiso para el que estamos observando y escuchando, podremos darnos cuenta si lo estamos haciendo para abrir posibilidades o todo lo contrario.

Nuestros paradigmas suelen ser tan fuertes que, en algunas oportunidades, todo aquello que no responde a nuestras creencias, es sencillamente descartado. Esto no nos permite desafiarnos como observadores, y nos conduce a los mismos resultados poco satisfactorios.

Así, estos resultados nos alientan a salir de la ceguera cognitiva (“no sé”, “qué no sé”) y a declarar un “basta”. Esta declaración nos hace reconocer que no sabemos, y nos ayuda a emprender un cambio de observador para transitar un camino de posibilidades y resultados efectivos.

Las creencias funcionan como filtros
Las creencias funcionan como filtros, que según el tipo, harán que accionemos o reaccionemos de una manera o de otra, y determinarán nuestra forma de estar siendo.

Es sabido que la emoción nos predispone para la acción, pero existe un proceso previo que es la interpretación de lo que nos pasa, y está ligada directamente con nuestras creencias y el apego que sentimos por ellas.

Si pudiéramos distinguir que el estímulo pasa por nuestros modelos mentales, y que estos componen nuestras emociones y luego nuestras acciones, podríamos elegir qué interpretación nos cierra o nos abre posibilidades para manejarnos de manera funcional.

Es cierto que no podemos manipular ni ser responsables de las emociones que sentimos, pero sí de las creencias que tenemos y de los estados de ánimo que nos disparan. Las creencias intervendrán en nuestras emociones y, en consecuencia, en nuestros estados de ánimo.

Cuando sentimos emociones recurrentes como enojo, miedo, angustia, etc., podemos convertirlas en funcionales. Esto significa que nos abran posibilidades, distinguiendo nuestras creencias previas y así tener a nuestros estados de ánimo como aliados para que nos acompañen en la búsqueda de resultados más eficaces.

¿Cómo distinguir si nuestras emociones son afectadas por nuestras creencias? Podemos observar desde dónde accionamos cuando algo nos pasa. Será nuestro observador quien determinará cómo vamos a procesar el evento, y este observador estará compuesto por todo lo que hemos aprendido hasta el momento.

Desafiando creencias
Nuestras creencias y todos nuestros saberes están con nosotros como si fueran una mochila de conocimientos acumulados, que a lo largo de la vida vamos cargando con las distintas experiencias vividas.

Si bien algunas veces nos aferramos a estas creencias porque nos han costado “sudor y lágrimas”, este apego suele ser una de las fuentes más grandes de sufrimiento para los seres humanos.

Solemos encontrar el valor de desafiar nuestras creencias cuando vemos que lo que nos proponemos no sale como deseamos, y no estamos logrando lo que queremos. Si nos planteamos cambiar, necesitaremos evaluar nuestros resultados y comprometernos con esa transformación.

Esto implica salir de nuestro espacio de ceguera cognitiva y declarar “no sé”, aunque en el mundo en el que vivimos probablemente no tenga buena prensa para nuestra imagen. Sin embargo, puede abrirnos un camino de esperanza, dándonos la posibilidad que todos tenemos dentro nuestro para mejorar nuestras vidas.

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