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Los vinos y los recuerdos viajan en tren

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El Valle de Colchagua es uno de los mayores centros de producción de vinos de Chile. Situada a unos 130 kilómetros al sur de Santiago, la región se propuso desarrollar el turismo de una manera distinta: poniendo nuevamente sobre rieles un viejo convoy de principios del siglo XX. La locomotora es de vapor, y los vagones fueron restaurados en un estilo belle époque para hacer un recorrido de unos 40 kilómetros (se extenderá en el futuro) en medio de viñedos, con los Andes marcando el límite en el horizonte.

El viaje empieza en San Fernando, la cabecera de la región, en una vieja estación restaurada. Ahí, el tren se prepara para la travesía y larga nubes de humo, para llamar a los pasajeros que llegan en ómnibus desde la capital. Apenas hay tiempo para sacar una foto de la locomotora, cuya chimenea está enmarcada por dos banderitas chilenas flameantes y de colores vivos sobre el negro del acero, que ya arranca el viaje rumbo al Sur.

Paradójicamente, una vez a bordo el protagonista deja de ser el tren. El vino atrae todas las atenciones, sea por los comentarios que hacen los guías que suben en cada vagón, por las copas que empiezan a hacer circular los mozos, o por los viñedos que se extienden a ambos lados de las vías y que serán el paisaje que acompañará el viaje.

El cepaje perdido
Para los aficionados a la mecánica, es posible llegar hasta el primer vagón y asomarse sobre la plataforma de cabecera, desde donde se ven los conductores que cargan carbón en esta locomotora de 1913, una de las últimas de su tipo construidas en Chile; los coches, en tanto, son de los años 20 y fueron construidos en Alemania.

El tren tiene capacidad para unas 80 personas, además de su coche comedor, aunque hay que tener en cuenta que la duración del viaje, poco más de hora y media, no permite largas sobremesas en su restaurante.

De todos modos, las degustaciones de quesos y vinos sobre el tren alcanzan de por sí en calidad y cantidad: en el viaje los mozos pasan con vasos de distintos vinos, acompañados de bandejas de quesos locales, hasta la estación de destino, en Paniahue, muy cerca de la ciudad de Santa Cruz. También hay payadores que circulan de vagón en vagón, y venta de recuerdos y botellas de los vinos de la zona.

A la llegada a Paniahue, con el vino ya surtiendo sus efectos, no son pocos los pasajeros que se suman al grupo de danzas y cantos folklóricos que espera el tren en el andén de la estación. Sin embargo, el viaje, organizado por la Corporación Tren del Vino, no termina ahí. Después del almuerzo queda tiempo para visitar una bodega, primero, y un museo después: frecuentemente la bodega elegida es la de la familia Bisquertt, una de las más importantes del Valle de Colchagua. Como las demás, debe su fama y la reputación de sus vinos en buena parte al cepaje local.

Y pese a que los guías no dejan de insistir en que se trata de un genuino cepaje chileno, la historia es un poco más compleja: se trata del carménère, el más frecuente del valle, que se creyó desaparecido cuando la filoxera arrasó las vides del sur de Francia, a fines del siglo XIX. Ciertos pioneros habían llevado algunas plantas a Chile, donde prosperó en el anonimato, ya que se tomaba por una variante local del merlot hasta que, en 1994, un especialista pudo comprobar mediante una serie de estudios que se trataba de aquel cepaje perdido.

Bodegas e historia
Durante la visita a la bodega, además de conocer el sistema de procesado de las uvas y elaboración de los vinos, uno participa de una nueva degustación, como para que la excursión del Tren del Vino no deje de hacer mérito a su nombre

Con tanto vino encima, llega la hora del regreso, pasando de nuevo por Santa Cruz, donde se almuerza y se puede conocer el Museo de Colchagua, uno de los más grandes de Chile. A la manera de un museo polifacético, es una inmensa colección de objetos, maquinarias y piezas coleccionables, que se presentan en salas y un gran patio al aire libre, entre los edificios. Hay una pieza dedicada a los autos (entre ellos, el más antiguo de Chile, y el que usó Perón en su visita a Santiago, en 1946); otra para piedras semipreciosas, y varias consagradas a diferentes épocas históricas de Chile, desde los tiempos precolombinos hasta el siglo XIX. El museo cuenta con una interesante colección de fósiles, y una impactante serie de piezas de arte y objetos de oro precoloniales de inmenso valor.

Mucho más humilde, entre los techados que protegen las herramientas y máquinas agrícolas de principios del siglo XX, en el patio interior, se encuentra la réplica de la tradicional ruca (vivienda) mapuche. Más allá de las polémicas que pueden nacer frente a ciertas piezas, el museo vale la visita por su increíble diversidad y el gran valor de algunos objetos expuestos.

Es mejor luego quedarse un poco más en las salas, esperando el ómnibus que completará el trayecto, que intentar recorrer las adormecidas calles cercanas, que no tienen nada para ofrecer a los visitantes. El regreso a Santiago se hace entonces en ómnibus… y sin vino.

Para más degustaciones, hay que participar de otras excursiones que recorren el Valle de Colchagua o continuar la Ruta del Vino, que pasa por las 14 bodegas principales del valle. En el futuro, el Tren del Vino también completará su oferta, y está previsto que la refacción del ramal le permita llegar hasta el puerto de Pichilemu, sobre el Pacífico.

Datos útiles
* Tren del Vino
info@trendelvino.cl
trendelvino.cl

* Museo de Colchagua
Errázuriz 145, Santa Cruz, www.museocolchagua.cl . Abierto todos los días, menos los lunes, de 10 a 18.

En Internet
www.santacruzchile.cl
Fuente: La Nación

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