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Otro cinco estrellas en el cielo mendocino

Lo primero que hice al llegar a mi habitación, la 711, en el nuevo cinco estrellas Sheraton Mendoza, que se inauguró la semana última, fue abrir la cortina para saber qué panorama tenía enfrente. La ventana amplísima, de pared a pared, parecía un cuadro de Fader con las montañas y las nieves eternas del Tupungato. La luminosidad llegaba hasta el baño gracias a otro ventanal de vidrio arenado para mantener la intimidad. Me gustó porque los baños generalmente sólo tienen luz artificial.

Otra grata sorpresa fue la terraza en el piso 17, que regala una vista magnífica, ya que este hotel, con sus 180 habitaciones, es ahora el edificio más alto de Mendoza, con cuatro subsuelos antisísmicos. En ese privilegiado mirador se abrirá un restaurante.

Observando desde esa terraza, asombra el genio de los pobladores locales para convertir cada gota de agua en árboles. Todo gracias a las acequias que administran con sabiduría el agua, que aquí no abunda porque es tierra de desierto, más propicia para los coirones de la estepa que para los claveles.

Desde esta gran altura, que supera la antena del Canal 7 de TV y es poco frecuente en una ciudad baja, se apreciaba mejor la tarea humana para enriquecer la calidad de vida de sus habitantes. Porque la vegetación cubre las avenidas con una sombrilla vegetal que se extiende hasta la plaza Independencia y el parque General San Martín, del arquitecto francés Carlos Thays, nuestro Padre Verde.

En el gimnasio, el Fitness Center, espera un amplio surtido de máquinas con televisores en cada cinta o bicicleta para no aburrirse demasiado mientras uno intenta mantenerse en forma. Con un diseño de piscina que no tiene desniveles entre la parte baja y la honda. Una sola profundidad permite tanto nadar como hacer gimnasia en el agua con menor esfuerzo porque disminuye la gravedad. Hay un spa y también un amplio solario.

Corte de cinta
Por la noche, hubo una multitudinaria fiesta de apertura. El gran lobby, con una doble cascada sobre las altas paredes, más la sucesión de salones de todo tipo y tamaño, se convirtió en un río humano de personalidades de las fuerzas vivas de Cuyo. El vicepresidente, Julio Cobos, con su esposa, con orgullo de mendocino, cortó las cintas en el salón principal, donde seguían el acto casi mil personas. El clima de la noche, con números musicales y el plus del casino, confirmó el tono social y no político de la fiesta.

El secretario provincial de Turismo, Luis Böhm, subrayó la importancia de la actividad hotelera en el desarrollo económico para crear empleo. Y la creciente necesidad de tener más frecuencias de aviones para que argentinos y extranjeros puedan llegar para disfrutar lo que la naturaleza y la gente de Mendoza ofrecen.

Doy fe porque tanto al ir como al volver el avión no tenía un solo asiento vacío y seguramente muchos se quedaron en lista de espera con ganas de un fin de semana para recordar.