La semana pasada, los líderes europeos se reunieron en un castillo del siglo XVI para debatir sobre competitividad. Como suele suceder, las críticas externas no tardaron en llegar. Desde el Washington Post hasta los analistas de Silicon Valley, el diagnóstico fue el mismo: Europa está «atrapada» en un crecimiento lento, asfixiada por regulaciones y falta de ambición.
Sin embargo, cada vez que leo estas críticas, me genera extrema incomodidad y me pregunto: ¿Estamos criticando el problema o simplemente no entendemos la solución?
Europa no se equivocó. Europa entendió antes que nadie qué significa realmente el «progreso». Hace años, los europeos tomaron una decisión consciente: resignar un punto de su PBI para ganar dos en calidad de vida. Eligieron regular a las empresas para que crezcan de manera sustentable, cuidando el planeta, protegiendo los derechos del consumidor y garantizando salarios que permitan vivir, no solo sobrevivir.
La dictadura de la rentabilidad
Se dice que el modelo europeo no es «suficientemente» rentable. Pero, ¿rentable para quién?
El modelo actual de Estados Unidos y Asia impulsa una agenda de disrupción a cualquier costo. Hemos transformado al mundo en un laboratorio donde, lamentablemente, nosotros somos las ratas. Celebramos valuaciones astronómicas como si fueran el único termómetro del éxito humano.
Pongamos cifras sobre la mesa: en París, Mistral AI fue valorada en 14.000 millones de dólares. En Estados Unidos, OpenAI alcanzó los 500.000 millones y xAI, de Elon Musk, los 250.000 millones. ¿De verdad alguien cree que 14.000 millones de dólares es un fracaso? ¿En qué momento perdimos la escala de lo que es un éxito rotundo?
La diferencia es que el modelo de 500.000 millones a menudo no genera más trabajo, sino que busca la eficiencia extrema desplazando lo humano. En 2024, Tesla despidió a más de 14.000 empleados para mejorar su rentabilidad. El mercado lo aplaudió con un crecimiento del 43%.
En Santex medimos el rendimiento económico. Claro que sí. Pero nos negamos a aceptar que esa sea la única vara. Durante décadas, el éxito empresarial se medía por cuánta gente una compañía era capaz de emplear, no por cuánta podía reemplazar o descartar para agradar al mercado.
Si el aplauso llega cuando se reduce el impacto humano, el problema no es la velocidad. Es la dirección.
Ídolos de barro y el vacío del futuro
El debate de fondo es cultural. En el último Foro Económico Mundial, una charla con Elon Musk acumuló más de medio millón de visualizaciones; una reflexión de Yuval Noah Harari sobre IA y humanidad en el último encuentro del World Economic Forum, menos de 40 mil. Premiamos el algoritmo de la atención por sobre el del pensamiento.
Me pregunto: ¿Qué modelo de futuro estamos ayudando a construir? ¿El que realmente queremos o el que nos imponen quienes ni siquiera pueden conectar con su propia humanidad o sus afectos más cercanos?
Europa eligió la moderación y el equilibrio. Es un modelo que prioriza la estabilidad, preserva la historia y destina recursos a la calidad de vida, la alimentación y el bienestar social, por encima de las agendas de expansión armamentista o las conquistas espaciales de ego. Se dice que la humanidad lleva algo así como tres millones de años habitando este planeta; apenas hemos empezado a entender cómo convivir en él y ya pretendemos colonizar otros mundos. ¿Para qué conquistar el espacio si aún nos falta conquistar nuestra propia humanidad?»
Puede parecer un modelo «aburrido» para la mirada frenética de Occidente porque carece de ese vértigo constante que no genera economías de escala, sino ansiedad colectiva.
Llegar primero vs. Llegar mejor
Si estamos de acuerdo en que la dirección del mundo debe ser este vértigo imparable, aceptemos entonces sus consecuencias: la ruptura del tejido social y el agotamiento del planeta. Pero no descalifiquemos a quien propone otra dirección.
Como líder en la industria tecnológica, creo firmemente que hay mucha gente con el «micrófono apagado» que desea este equilibrio. No se trata de falta de ambición, sino de un exceso de conciencia.
Tal vez el verdadero progreso no consista en ser el más rico del cementerio tecnológico, ni en llegar primero a Marte mientras aquí apagamos la luz. Tal vez, el verdadero progreso sea, simplemente, vivir mejor.
Por: Juan Santiago. CEO y Fundador de Santex







