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Desigualdad: la otra cara del milagro chino

El auge económico de China es uno de los acontecimientos más destacados del siglo XXI.

Este auge está protagonizado por su fuerte potencial demográfico (con una población de 1.350 millones de habitantes), su elevada tasa de ahorro interno y una fuerte apertura al exterior que la ha convertido en la primera potencia exportadora del mundo.

Desde 1978, la economía se fue liberalizando poco a poco. Se desregularon progresivamente los precios, se favoreció la inversión extranjera y se permitió la propiedad privada en las empresas.

A partir del 2001, se liberalizó el comercio exterior con la adhesión a la Organización Mundial de Comercio. Desde entonces las relaciones comerciales de China con el resto del mundo han crecido de forma espectacular.

Es cierto que China aún tiene un fuerte intervencionismo estatal en su economía, y que las empresas estatales siguen desempeñando un papel clave.

Pero no es una economía que se pueda considerar socialista: una parte mayoritaria de la producción se produce en condiciones de sector privado y se comercializa a precios libres. Y la tendencia es hacia un creciente peso de los elementos privados en el sistema económico.

Como consecuencia de la liberalización y de la apertura exterior, en los últimos 30 años, el crecimiento del PIB medio anual de China ha rondado el 10%. En 2010, cuando el mundo crecerá un 3,3%, China lo hará en un 10% y seguirá ganando peso en la economía mundial.

La otra cara del milagro chino, y los desafíos para el futuro

En los próximos años, la economía china seguirá disfrutando de un notable crecimiento (aunque menor del experimentado hasta ahora).

Uno de los pilares de ese crecimiento será la apertura de los mercados de servicios. La otra tendencia, que tarde o temprano llegará, será la revaluación del yuan. Así, poco a poco, la demanda interna irá reemplazando a la externa como motor del crecimiento económico.

De hecho, la reducción del superávit externo registrada en los últimos años (pasó de un 11% del PIB en 2007 a un 6,4% en 2009), confirma la tendencia ascendente del consumo doméstico.

El vertiginoso crecimiento chino de las últimas tres décadas (1978-2010) ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. Pero también ha venido acompañado de un inquietante aumento de las desigualdades.

Los ingresos de quienes se sitúan en la parte más alta de la escala crecieron mucho más rápidamente que los del resto, lo que ha creado conflictos en una sociedad que, en la época de Mao, era una de las más igualitarias del mundo.

La desigualdad del ingreso en China medida por el índice Gini -en la que cero es equidad perfecta (todo el mundo tiene la misma renta) y 100 es desigualdad absoluta (una sola persona tiene toda la renta)- era, según Naciones Unidas, de 49,6 en 2005. Sin embargo, la OCDE situó el índice Gini para China en 2007 en 40,8.

Y esta desigualdad proviene, fundamentalmente, de la brecha en renta per cápita entre el campo y la ciudad. En 2009, la renta anual per cápita en zonas urbanas era de alrededor de 2.500 dólares, más de tres veces los 750 dólares en áreas rurales, una proporción que subió durante la última década.

Gran parte de la brecha entre rentas urbanas y rurales se debe a que los trabajadores urbanos tienen más nivel educativo que los campesinos. Y las tensiones sociales derivadas de la inequidad han llevado al gobierno a intentar reducir la enorme diferencia entre ricos y pobres.

En este aspecto, la OCDE afirma que, para disminuir la desigualdad, es necesario impulsar programas sociales en áreas rurales y fomentar la migración a las ciudades.

El bajo nivel de deuda pública de China le da capacidad para gastar más en programas sociales que mejoren la situación educativa y sanitaria en las áreas rurales, sobre todo cuando, poco a poco, vayan desapareciendo los gastos públicos en proyectos de estímulo económico para salir de la crisis.