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“Documentos, por favor”

Por: Arq. Gustavo Di Costa

Recuerdo que, iniciando mis tareas profesionales, un ex jefe (de quien, por pudor, me reservo su identidad), se jactaba de poder dirigir cualquier tipo de obra con una copia del plano municipal como único recurso de documentación.

Lo gravoso del caso es que este profesional, además de trabajar en forma privada, desarrollaba tareas como Docente en la Facultad de Arquitectura de la U.B.A. Sus obras – o una gran parte de ellas- tenían “fecha de vencimiento”, como jocosamente denominaba al plazo en el cual la obra comenzaba a mostrar severas patologías, evitables todas ellas de haber mediado oportunamente los documentos cuyas especificaciones trabajaran sobre la vida útil de un material o elemento constructivo.

Con el tiempo, por suerte, pude verificar que esta forma de trabajo es, además de poco profesional, antieconómica. Veamos, si una obra tiene una “fecha de vencimiento temprana”, además de exponernos a un cuestionamiento de carácter legal (recordemos los 10 años más uno de responsabilidad profesional sobre los trabajos realizados), seguramente también demostrará ciertas patologías (humedades, condensación superficial o intersticial, filtraciones, mapeos de las terminaciones superficiales, etc.) que llevarán al desencanto de nuestro comitente.

Dicen los que saben que un comitente insatisfecho significa ocho que no van a recurrir a nuestros servicios cuando los requieran (como vemos el boca a boca resulta letal cuando hacemos mal las cosas). Ni hablar de que los comitentes -y la sociedad toda- reclama al profesional una clara toma de partido respecto de las estanqueidades térmicas de una envolvente arquitectónica, a fin de consumir menos energía en invierno y verano para acondicionar interiormente la obra. Economía y conciencia ambiental se combinan en esta demanda, hoy creciente.

Cómo es posible arribar a buen puerto con un proceso constructivo que carece de una acabada y completa documentación técnica? ¿Cómo asegurar, en suma, un comitente satisfecho?
Hace algunos años, una de las consultas que encabezaba el “top ten” de los Consejos y Colegios Profesionales de Arquitectura en la Argentina era: ¿Cuál es la cantidad de planos que debo realizar, como mínimo, para dirigir una obra? Subrayo el “como mínimo” como principal razón de las angustias del profesional. La verdad es que cualquier respuesta que se aparte de “se deberán confeccionar la totalidad de los documentos gráficos y escritos necesarios para conducir la obra respetando sus tres variables fundamentales, a saber: costo, tiempo y calidad”, hubiera sido una mala respuesta. Ahora bien ¿por qué no se confecciona la DTC (Documentación Técnica Completa)? Entre las razones que es posible adivinar se encuentra un fatal combo de pereza, desconocimiento técnico, poco compromiso con la obra a desarrollar y la liberadora “porque el comitente no paga esa documentación”.

¿Es eso cierto?, ¿no está dispuesto el comitente a pagar por la información de base que le permitirá al profesional ser preciso y previsible en el desarrollo de la obra, y también por cierto, garantizar una óptima vida útil del emprendimiento? Con este criterio, ¿estaría dispuesto un comitente a someterse a una cirugía sin un estudio pre-quirúrgico? Seguramente no, entonces, ¿por qué suponemos que no pagará por la documentación que le permitirá contar con una obra que le brinde garantías finales de calidad y confort? ¿Los profesionales nos detenemos a explicar estas cuestiones ante nuestros comitentes o simplemente damos por hecho una respuesta que quizás no es tal?

El diccionario nos define Documento como la “ciencia del procesamiento de la información. Integradora y globalizadora, se trata de una ciencia enriquecedora y generalista, de ámbito multidisciplinar o interdisciplinar”.
Por todo ello, documentos, por favor.

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