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Hacia la Patagonia secreta

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Cuando el siglo XVIII estaba acercándose a su final, una expedición comandada por el capitán Antonio de Viedma encontró, escondido entre lagos y glaciares, uno de los más hermosos picos del sur de América. Los tehuelches que hacían de guías al capitán y a su escasa tropa revelaron que su pueblo había dado nombre a la montaña mucho tiempo atrás. Chaltén, la llamaban, lo que en lengua tehuelche significa algo así como “montaña de humo”, ya que creían, erróneamente, que se trataba de un volcán porque su cumbre sólo muy de tanto en tanto podía ser divisada.

El intrépido Viedma tomó nota y volvió a la civilización para dar fe de la existencia de un macizo de granito de bellísimas proporciones y casi siempre oculto entre las nubes que, con el paso de los siglos, se convertiría en uno de los destinos preferidos por los mejores alpinistas del mundo.

Situada al norte de El Calafate, a poco menos de cuatro horas de camino en coche por la legendaria ruta 40, la misteriosa montaña (rebautizada en 1877 como monte Fitz Roy por el Perito Moreno) es el imán que ha atraído a la mayor parte de los pobladores de El Chaltén, una de las localidades más jóvenes de la Argentina, considerada como la capital nacional del trekking.

Este pequeño poblado, de calles de tierra, casas de aires alpinos y paisaje magnífico es un sitio de ensueño para aquellos que aman el contacto con la naturaleza y las vacaciones en activo, ya que es el punto de partida para una buena cantidad de las más excitantes excursiones y paseos que se pueden realizar en la Patagonia austral argentina.

El camino hacia El Chaltén
Saliendo bien temprano desde El Calafate, la travesía comienza siguiendo los márgenes del Lago Argentino, mientras el camino se adentra en la estepa en busca del cruce con la ruta 40. Una vez allí, el itinerario continúa hacia la derecha, en dirección norte, atravesando un paisaje de aridez extrema, en el que las pocas señas de vida son huidizos grupos de guanacos y paradores solitarios como Luz Divina y el hotel La Leona.

Tras un par de horas de recorrido, aparece la ruta provincial 23 y, un poco más adelante, la inmensidad turquesa del lago Viedma, un espejo de agua de 1.100 kilómetros cuadrados sobre el que se precipitan las heladas paredes de un glaciar que lleva el mismo nombre.

Luego, la cordillera comienza a acercarse cada vez más, aparecen estancias en las que pastan legiones de ovejas y, finalmente, después de 215 kilómetros de viaje desde El Calafate, surge la imponente figura del monte Fitz Roy y las chimeneas humeantes de las casas del El Chaltén.

Aventuras y leyendas
El pueblo fue durante años un destino muy frecuentado por mochileros en busca de parajes vírgenes y por alpinistas llegados de todo el mundo con la decisión de enfrentar las peligrosas laderas de piedra del Fitz Roy, consideradas, por su dificultad, como un desafío de primer nivel para escaladores expertos.

Sin perder esa fisonomía de campamento base para aventureros, en los últimos tiempos El Chaltén ha sumado también un buen puñado de excelentes hoteles y hosterías desde cuyas ventanas se contempla indefectiblemente el perfil de la “montaña de humo”. Las anécdotas sobre tragedias y leyendas asociadas con ella son la base habitual de las conversaciones en El Chaltén, donde, por cierto, se ha desarrollado una más que aceptable oferta gastronómica, enhebrada en torno de los productos fundacionales de la cocina patagónica: cordero, hongos, ahumados y truchas.

De todas formas, El Chaltén no es sitio para regodearse demasiado en placeres mundanos. La mayor parte de los viajeros que llegan hasta allí lo hace con la intención de lanzarse lo más pronto posible a explorar sus alrededores, recorriendo bosques y ríos hasta alcanzar picos nevados, lagunas de altura y las primeras lenguas del majestuoso campo de hielos continentales, una de las más grandes reservas de agua dulce del planeta.

En la capital del trekking
La mayor parte de los circuitos de trekking se encuentran en una área delimitada por los ríos Fitz Roy y Eléctrico, y se dividen entre los que necesitan el apoyo de un guía y los que pueden realizarse libremente. Entre los primeros se destacan las excursiones hacia los glaciares, que brindan la posibilidad mágica y estremecedora de realizar caminatas sobre los mantos helados que serpentean entre las montañas cercanas a El Chaltén. Uno de los recorridos más sencillos es el que lleva al cercano glaciar Viedma, donde los guías conducen a los viajeros por cuevas y senderos de hielo, en un paseo suave que no demanda ninguna preparación previa. Mucho más exigentes son las expediciones al Hielo Patagónico Sur, que suelen extenderse por varios días, con acampadas, y que recorren una de las zonas menos conocidas del planeta: una masa de hielo continental de varios miles de kilómetros cuadrados que se pierde lejos en el horizonte, como un encabritado océano blanco y celeste, encajonada por los Andes.

Los circuitos más cercanos a El Chaltén pueden ser abordados sin necesidad de guías, ya que están perfectamente señalizados y, además, en el poblado brindan detallados mapas que hacen aún más seguros los recorridos. Uno de los más hermosos y tradicionales parte desde El Chaltén en línea recta hacia el oeste, atravesando tupidos bosques de lengas y ñires, y llega, luego de tres o cuatro horas de marcha, hasta la laguna Torre, donde caen los glaciares Torre y Grande. Más corto aún es el circuito que lleva a la Laguna Capri, que se realiza en apenas poco más de dos horas. Una duración similar tiene la caminata al glaciar Piedras Blancas, uno de los más accesibles de la zona.

Otra de las preferidas por los conocedores de la zona es la excursión a la laguna de los Tres, que se lleva a cabo en dos jornadas, con una noche de acampada en el medio. Este paseo tiene una cierta dificultad, ya que por momentos hay que enfrentar largas ascenciones, pero al final del camino la recompensa es encontrar uno de los paisajes más bellos de la región: una postal conformada por las aguas cristalinas de la laguna de los Tres, en las que se reflejan la nevada cumbre del cerro Torre y la del eternamente humeante Fitz Roy o Chaltén.


Fuente: Clarín

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