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La experiencia de vivir la vida

Bajo el cosmos, algunas carcajadas de niños juguetones se entretejen con sonidos salvajes venidos desde las aguas que no pueden verse, en las jornadas de luna nueva. El momento es celestial y se puede gozar con una manifestación clara y definida de la armonía entre el hombre y el universo.

El amanecer confirma el espectáculo. La belleza de los Esteros del Iberá tiene un fundamento primordial: la vida que brota evidente, por doquier, de manera casi exagerada. Es su biodiversidad que atrae a una creciente cantidad de turistas, básicamente extranjeros, a esta basta porción de Corrientes.

Más que la descripción de un paisaje, algunos números ilustran mejor el panorama: allí conviven 1.400 especies de plantas, 25 de mariposas, 350 de aves, 125 de peces, 60 de mamíferos, 40 de anfibios y 60 de reptiles. Es el territorio de la mayor serpiente de la Argentina, la boa constrictora cariyú, de siete metros; también del mayor cánido del continente, el aguará guazú, de 1,70 metros de largo, y del roedor más pesado del mundo, el carpincho, de 75 kilos. También del ciervo más grande de Sudamérica, el de los pantanos, de dos metros de largo; del mono carayá, el más grande de América y el más ruidoso del mundo (consultar Libro Guinnes), y del máximo anfibio del país, el sapo cururu, de 20 centímetros, que no sólo come insectos sino también aves.

Colonia Pellegrini
En Colonia Carlos Pellegrini, pequeño poblado de 700 habitantes pero con excelentes alojamientos, se puede hacer una excelente base para salir a explorar este humedal, el más grande de Argentina.

Se accede desde Mercedes a lo largo de 120 kilómetros de ripio que sólo deben hacerse en camioneta o vehículos 4×4; si no lo tiene, mejor contratar el servicio ofrecido por la mayoría de los alojamientos.

Si el trayecto Mercedes – Pellegrini se hace durante el atardecer, se puede tener un buen presagio de lo que vendrá: vizcachas, carpinchos, ciervos, perdices y zorros se cruzan insolentemente por el camino.

En el viaje se advierte la lejanía del paisaje, plano, inmenso. Un puente ruidoso cruza un brazo de la laguna y dispersas luces advierten sobre la presencia humana. Casas de adobe y algunas bonitas hosterías. Un bar poco concurrido y nada más que naturaleza. Tras la noche apasionante, las primeras horas de sol son las mejores para navegar las aguas de la laguna Iberá.

Sobre las aguas que brillan. Los paseos embarcados pueden contratarse en casi todos los alojamientos. Pero hay uno, Posada de la Laguna, que tiene un privilegio exclusivo: un muelle en su propio jardín, a unos escasos metros de las habitaciones. Una vez a bordo, bastan sólo unos momentos para que se puedan obtener fotografías a granel. No es para nada difícil avistar el primer yacaré negro.

Maximiliano, el guía, asegura con humor que el animal no es de plástico y que él no lo ha puesto allí “para que los turistas saquen fotos”. Entonces, acerca la embarcación y comprueba lo irrefutable: el yacaré, efectivamente, respira. La facilidad con que pueden observarse estos reptiles y la increíble quietud de su acecho, parecen obligar al comentario que suena ya a “chiste gastado”, pero necesario.

Lo yacarés overos son menos frecuentes pero también su población viene en franca recuperación. Estas especies han encontrado buenos incentivos para reproducirse luego de la prohibición de la caza y de que muchos de los cazadores locales se reconvirtieran en guardaparques.

La reproducción natural también ha animado a otros animales autóctonos. No cuesta trabajo deleitarse con algún ciervo de los pantanos, a los que se los suele ver en manadas.

Los carpinchos se han transformado en un símbolo regional y posan sin ningún enfado, junto a las personas que desean una fotografía en su compañía. Estos bonitos roedores de simpática fisonomía han proliferado a montones y se cree que su población comienza a ser excesiva. Sin embargo, se ha notado que enfermedades y plagas mediante, la naturaleza tiende a nivelar el número.

Un Edén
El agua no escasea y la flora prolifera en infinitos formatos pincelando el paisaje. Las amapolas de agua, al despuntar el sol, salpican de amarillo la superficie de la laguna y los camalotes hacen lo mismo con su preciosa flor lila. Juncos y pastos abrazan sus raíces entre sí y conforman interesantes islas flotantes que quedan a la deriva y, más allá, algunas palmeras cortan el horizonte junto a otros árboles donde reposan, a veces tranquilos, los monos carayás.

Maxi apaga los motores y empuja la embarcación con el botador, una larga tacuara que permite deslizarse entre canales y embalsados. Entonces se tiene la sensación de estar dentro de un aviario. Hay pájaros de todos los colores y de todos los tamaños. En la zona se han registrado 350 tipos de aves, pero el catálogo sigue creciendo.

Por ejemplo, Alejandro González Álzaga, hijo de Elsa Güiraldes, la propietaria de Posada de la Laguna, ya dio cuenta sobre la presencia de un carpintero garganta negra, un pajarito popular de los campos pampeanos recientemente conocido en los esteros correntinos.


Fuente: La Voz del Interior

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