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La transformación de las marcas o por qué los sapos no siempre se convierten en príncipes

La transformación de las marcas o por qué los sapos no siempre se convierten en príncipes

Cuando se aproximan a la transformación, las marcas creen a menudo que los sapos que besan acabarán trocándose en príncipes. Pero la vida poco o nada tiene que con los cuentos de hadas.


Quizás no somos conscientes de ello, pero lo cierto es que estamos irremediablemente a merced de las historias que nos cuentan cuando somos niños (y tales historias nos influyen incluso cuando hemos alcanzado ya la edad adulta).

La psicología sostiene, de hecho, que tienen mayor impacto en nosotros las historias que ya hemos olvidado que aquellas que sí conseguimos recordar, quizás porque las primeras están instaladas en el subconsciente y éste nos subyuga vilmente sin ni siquiera percatarnos de ello, explica Sue Unerman en un artículo para Campaign.

Una de las historias que dejan una huella más indeleble en el subconsciente de los niños es la de la princesa y el sapo. De acuerdo con este cuento infantil, la magia de un beso es capaz de desbaratar el hechizo más perverso.

Y quizás por ello, cuando ya en plena edad adulta hincamos el diente a la transformación (tan en boga en los tiempos que corren), creemos en lo más recóndito de nuestro ser que los sapos que besamos acabarán trocándose en apuestos príncipes (pese a que no hay garantías de ello).

A día de hoy marcas de toda clase y condición están bajo el yugo de la disrupción, por la que no pocos sienten un pavor absoluto. En este sentido, es crucial aprovisionarse de un programa de transformación que se adelante (o al menos lo intente) a las consecuencias del cambio: el cambio en los consumidores, en la tecnología y en la competencia.

Las expectativas del consumidor crecen de manera desaforada, por lo que las marcas no pueden permitirse el lujo de seguir rindiendo pleitesía a las prácticas tradicionales. Y están obligadas a brindar a sus clientes servicios absolutamente excepcionales (porque su clientela, al fin y al cabo, no espera menos de ellas).

Los modelos de negocio anclados en la tradición (y abocados al declive) necesitan arrojarse en los brazos de nuevos modelos para hacer crecer sus ingresos. En resumidas cuentas, tales modelos piden a gritos una buena dosis de transformación, subraya Unerman.

Conviene además tener en cuenta que los hábitos de consumo de medios están cambiando a marchas forzadas y que los menores de 25 se rigen por normas radicalmente distintas a aquellas que constituyen el faro de las generaciones precedentes. ¿Lo peor? Que no hay esperanzas de que el cambio se estabilice.

Del vientre de la transformación emerge inevitablemente (y lo hace a borbotones) la incertidumbre. En tiempos inciertos es necesario probar cosas nuevas antes de conocer a ciencia cierta sus consecuencias. Se trata de ser ágil e increíblemente flexible. Y semejante actitud puede ser muy dura de sobrellevar, en particular para aquellos que abominan el cambio.

Una manera de afrontar el miedo emanado de la incertidumbre es refugiarse en aquellas historias infantiles que nos contaron de niños y que iban acompañadas invariablemente de un “happy ending”. Por eso, enfrentados al cambio, muchos creen firmemente que si besan un sapo, éste acabará metamorfoseándose en un príncipe.

Sin embargo, la transformación no es tan simple como en los cuentos de hadas. El cambio es necesario (esa es una verdad impepinable). A menudo está claro aquello en lo que necesitamos implementar cambios. Lo que no están tan claros son los resultados que brotarán en último término de tales cambios.

Y si esperamos a que se despeje la niebla que hay posada sobre los resultados, es muy probable que la competencia (que también está involucrada en el juego de la transformación) nos adelante por la izquierda y por la derecha. Lamentablemente la vida no tiene nada que ver con los cuentos de hadas. A veces los sapos se convierten en príncipes, pero en otras ocasiones la feliz metamorfosis brilla completamente por su ausencia y aun así toca seguir adelante, concluye Unerman.

Fuente: Marketing Directo

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