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Los antiguos pueblos de los valles

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Los lugareños dicen que por allí se encuentra la “sucursal del cielo”, y esto lo siente el viajero apenas vislumbra la primera imagen del Valle de Choromoros, uno de los destinos más bellos y ocultos de la provincia de Tucumán. De hecho, pocos conocen este circuito dibujado entre cerros, ríos y valles, con estancias y pueblos antiquísimos, enormes riquezas arqueológicas y un paisaje de ensueño.

El Valle se puede recorrer en un día saliendo bien temprano de San Miguel de Tucumán hacia el norte, por la RN 9, hasta casi el límite con Salta. O, mejor aún, tomándose un par de días para conocerlo poco a poco y deleitarse con las propuestas de turismo aventura, travesías a caballo, a pie o en bicicleta, las exquisitas comidas regionales, los vestigios de la cultura precolombina, la arquitectura colonial y las luchas por la independencia, y las misteriosas leyendas contadas deliciosamente por los mismos protagonistas.

El origen de toda esta zona se remonta al siglo XVII, cuando don Pedro de Avila y Zárate fundó, por real ordenanza española, una encomienda en el entonces llamado “Paraje de los Choromoros”, escenario de bellezas naturales y de sucesos que escribieron la historia del país.

En el camino
Iniciando el circuito por ruta 9 hacia el norte de San Miguel de Tucumán, a 20 km se impone hacer un pequeño desvío para visitar El Cadillal, un clásico de los tucumanos para pasar el fin de semana. Es una hermosa villa, muy apacible, ideal para practicar deportes náuticos y pescar pejerreyes. Muy cerca de allí, vale la pena detenerse también en el viaducto de El Saladillo, obra de ingeniería asombrosa inaugurada en 1884 según los antiguos modelos romanos. Luego sí, en el km 75 se llega a la primera parada del circuito: Trancas, un poblado que en realidad nació hacia el 1600 en un paraje cercano, hoy conocido como Villa Vieja, punto estratégico para la defensa del norte. Fue aquí donde, en 1816, el general Manuel Belgrano retomó el mando del Ejército del Norte, en reemplazo del general José Rondeau.

Cuando llegó el ferrocarril, hacia 1900, el pueblo se trasladó dos km hasta su actual ubicación, rodeada de sierras cubiertas de verde. El único edificio que sobrevive de la Villa Vieja es la Iglesia del Sagrado Corazón, construida por los jesuitas en 1760, destruida por un terremoto y luego vuelta a construir. En esta iglesia, magnífico ejemplo de arquitectura poscolonial, fue fusilado el general Bernabé Aráoz, presidente de la efímera “República del Tucumán”, y también fue bautizada la genial escultora tucumana Lola Mora.

A 6 km de allí se puede visitar el Pozo del Pescado, una fuente de la que, dice la leyenda, San Francisco Solano hizo brotar agua para calmar la sed de sus seguidores en su viaje al norte. Y un costado esotérico: varios testigos aseguran que en la década del ’60 descendió en Trancas un ovni con extraterrestres, episodio que figura en los anales de los “encuentros cercanos del tercer tipo”.

Un clásico de vacaciones
También por la ruta 9, y empalmando a la altura del peaje de Molle Yaco con la provincial 311, se llega a San Pedro de Colalao, una pequeña villa ubicada en un valle totalmente verde, entre los ríos Tipas y Tacanas, a 95 km de San Miguel de Tucumán. San Pedro tiene un clima maravilloso, agradable en invierno y fresco en las noches de verano, lo que la convirtió en preferida de los tucumanos para las vacaciones.

La Plaza Leocadio Paz, fantástica, cubierta de tipas y flores de estación y rodeada de antiguas casonas del siglo XIX, es el gran punto de encuentro. A su alrededor se ubican los edificios de la comuna, la biblioteca, el museo, el antiguo cabildo indiano. Cuando cae la noche, es un mundo de jóvenes, porque está rodeada de bares y funciona como antesala de la movida nocturna.

Frente a la plaza está también la iglesia, de 1895, que conserva una vieja campana con una historia insólita: los jesuitas la trajeron a mediados del siglo XVII y, dicen, la “extraviaron” en un día de tormenta (insólito, claro, sobre todo porque pesa 87 kilos, pero así son las leyendas) y al parecer fue encontrada mágicamente en 1980, sobre las márgenes del río.

En el pasado, San Pedro de Colalao fue una encomienda de indios colalao, y hoy el viajero encuentra apasionantes vestigios arqueológicos de las viejas culturas, como La Piedra Pintada, en la Ovejería (a una hora y media de caminata pero vale la pena, porque es verdaderamente impactante). Se trata de una enorme piedra en la que se encontraron más de 45 petrografías grabadas, aparentemente relacionadas con cultos de la fertilidad.

Otros imperdibles son la Reserva Fitozoológica, con más de 150 especies, desde leones africanos y tigres de bengala hasta innumerables especies exóticas y autóctonas. Puente del Indio, una increíble cueva formada y tallada por la erosión del viento, a dos horas y media a caballo. Monte Bello y Los Alamos, con hermosas vistas panorámicas de la villa; Laguna Escondida, un espejo de agua maravilloso, casi inexplorado, al que se llega a caballo y con trechos de caminata y escalada. También Tiu Cañada (“cañada de arena” en quechua), un asentamiento aborigen a 7 km de San Pedro, donde se encontraron piezas formando un calendario solar. Y la Gruta de Lourdes, a la entrada del pueblo, donde todos los febreros miles de fieles se congregan para presenciar la representación del milagro de la virgen.

En San Pedro las fiestas son un capítulo aparte: las del Quesillo y la de la Humita, la del Caballo Peruano, la de la Nuez, las Patronales, la del Locro. a cuál más tentadora.

Final de a caballo
A 18 km al oeste de San Pedro de Colalao se encuentra Hualinchay, un pequeñísimo pueblito que parece perdido en la inmensidad del paisaje. Está a 1.700 metros de altura, rodeado de montañas, con una vista increíble, y en verano es un destino muy codiciado, ya que cuenta con un camping con piletas llenas de fresca agua de montaña.

En Hualinchay nace una huella que llega hasta Colalao del Valle. Es un camino lindísimo, que se puede hacer a pie o a caballo, y que recorre uno de los escenarios más impactantes de la zona (conviene contratar un guía porque tiene sus secretos).

Casi llegando al final del circuito, y empalmando con las rutas provinciales 311 y 312, se retoma la ruta 9 de regreso a San Miguel de Tucumán. Este último tramo tiene todo el atractivo de los caminos de montaña, con un paisaje precioso y pequeños caseríos que van apareciendo en el horizonte, como Gonzalo y Choromoro, entre distintas estancias de la zona. Cada uno de ellos es una excelente excusa para detenerse, charlar con los baqueanos y probar alguna maravilla gastronómica tucumana, como los quesillos, las humitas y los dulces regionales de cayote o membrillo. De fondo, la inmensidad de cerros y valles y un silencio majestuoso.


Fuente: Clarín

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