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Marketing, marca… todo se hace ahora personal

Por: Javier Ongay

Que te vengan a visitar más de mil millones de veces para oírte cantar una canción no es algo al alcance de muchos. De hecho, hasta ahora, solo lo ha logrado una mujer de 27 años, inglesa, llamada Laurie Blue Adkins, y que, ante fans y admiradores, atiende más por su primer nombre, Adele. Semejante cantidad de visitantes ha merecido su último éxito “Hello”.

En estos tiempos que se caracterizan por la abundancia y la fácil accesibilidad a la información, la creación, la vida y opiniones de las personas?, en los que la sociedad digitalizada es más que nunca un patio de vecinos al que todos nos asomamos en busca del dato, el chisme, el conocimiento, el consuelo o la opinión, eso que se ha dado en llamar “visibilidad” se ha convertido en una especie de mantra del que a veces no sabemos y otras no podemos sustraernos. Por eso, como Adele en su canción, la constante en nuestra vida parece ser un “hola, soy yo…” multiplicado casi hasta el infinito, eso sí, en lenguaje binario.

Marketing, marca… todo se hace ahora personal

La sobreexposición a la que estamos sometidos acrecienta la necesidad de lograr la aceptación de los demás. Y lo diré sin ambages: eso nos convierte en algo muy parecido a un “producto” que ha de buscar su sitio en el mercado para lograr que alguien nos “compre” pagando nuestro “precio” en forma de afecto, de reconocimiento, de puesto de trabajo, de hipoteca o de respeto. En esa misma medida, aplicar las técnicas de marketing a determinados ámbitos de nuestra vida, lejos de parecer descabellado, es ya una cuestión al menos de conveniencia. El concepto de “marca personal” se desarrolla, sin ir más lejos, a partir de dicha evidencia.

Sabemos que hablar de marketing es hablar de Estrategia, es decir, de la definición de las pautas que nos permitirán tomar decisiones rápidas y precisas para la consecución de un determinado objetivo. O dicho de otra forma, la conversión en camino transitable del trayecto entre el aquí y ahora y un destino imaginado. Así, si la Estrategia es el plan, la Táctica es la herramienta o el conjunto de procesos que nos permitirán alcanzar tales objetivos. Si nuestra aspiración es lograr una mayor consideración profesional, la estrategia podrá consistir en incrementar el valor de nuestro trabajo dentro de la Organización y una táctica posible mejorar la comunicación para hacerlo más visible ante las instancias superiores. Y vaya por delante, para detractores viscerales de la planificación, que ésta, en efecto, no garantiza el éxito, pero tampoco la improvisación lo hace, y ambas, por cierto, precisan de equivalentes dosis de ingenio y creatividad.

Lo cierto es que no tenemos costumbre de pensar sobre nuestro paso por la vida de forma estratégica. La vida sencillamente se vive o, lo que es lo mismo, se consume al albur de las circunstancias. Quizá dicha actitud esté bien y sea coherente con la postura de dejarse llevar y sorprender por los propios acontecimientos que el azar nos traiga y a partir de ahí sufrirlos o disfrutarlos según sea el caso. La otra posibilidad es entender que, si bien el azar (… o la serendipia, hermosa palabra) siempre estará presente, nuestra vida es también consecuencia de nuestras decisiones pasadas, que han obedecido a motivos y objetivos que podemos controlar.

Estamos en un “mercado” como un producto en un lineal

Llegados a este punto y superadas las 4 Ps de MacCarthy en relación con el marketing mix, prefiero fijarme en las 4 Cs de Lauterborn: Cliente, costo, conveniencia y comunicación. En tal sentido, es verdad que a nuestra vida, en ese permanente escaparate en el que ahora nos desenvolvemos como personas, no le vendría mal un toque “marketiniano”.

Pensemos que se nos conoce más, entre otras cosas porque las redes sociales han eliminado los adjetivos íntimo y familiar, respectivamente, de nuestro diario y nuestro álbum de fotos y, en consecuencia, tenemos más oportunidades de ver y se vistos. Aumentan así los “clientes” posibles que, en uno u otro momento, podrán toparse con nosotros (amigos, pareja, jefes…); mejora nuestra capacidad de elección, pero también la suya. A la vez, nos podemos comunicar en tiempo real con quienes nos interesan como target. Nuestra “oferta” afectiva, profesional etc., siempre estará sujeta a la comparación y a la negociación. Y, por último, hoy sí es posible estar allí donde conviene a nuestro mercado en cada caso.

En resumidas cuentas, nuestra vida busca de forma permanente la aceptación del otro en los distintos territorios en los que nos debemos desenvolver.

Para ello, si nos paramos a pensar, vamos conformando esta suerte de “producto” que, en palabras de Whitman, se alarga entre nuestro sombrero y nuestros zapatos en función de dicho objetivo. Y por fuera nos atenemos a ciertos “diseños” socialmente extendidos (razón de ser de la moda); y por dentro vamos abonando nuestro espíritu y nuestra mente de conocimientos, hábitos y pautas de conducta que buscan primero la conformidad y, a ser posible, también el aplauso y reconocimiento sociales, es decir, de nuestro “mercado”. Lo dicho: puro marketing.

Ya, ya sé que reducir al ser humano a la categoría de yogur o de teléfono móvil, por muy iPhone que sea, además de provocador suena también a boutade. Quizá. Pero una de las técnicas creativas más fértiles se llama “What if?” (¿Qué pasaría si…?) y una de los inventos más útiles jamás creados, la fregona, surgió de unir dos cosas tan distintas y distantes como un palo y un trapo. Por eso es posible que el marketing no llegue a la categoría de “vital” pero sí lo es que a nuestra vida le viene bien una cierta visión estratégica. Para aprovecharla mejor, más que nada. Cuestión de ROI.


Fuente: Puro Marketing

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