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“Mitos y realidades de las impresoras 3D”

Marcelo Ruiz Camauër, presidente de Kikai Labs, primera empresa Argentina en fabricar impresoras 3D, se refiere al mediatizado caso del arma producida en Estados Unidos con esta tecnología.

Actualmente es un llamativo tema de noticias la publicación por parte de un individuo de los planos para la impresión de una pistola, utilizando una impresora 3D (incluyendo hacerla con las impresoras de más bajo costo, no industriales). Durante un par de días publicó los planos en DEFCAD.ORG, pero luego tuvo que retirarlos por orden del departamento de Defensa de Estados Unidos. Al igual que la pasta dentífrica, una vez que salió es imposible devolverlo a su origen… los archivos ya están replicados por todo el mundo y seguirán siendo accesibles a quien los busque.

Los propósitos de este individuo son de extremo anarco-liberalismo. Está tratando de hacer un hecho político, no un arma particularmente efectiva. De hecho, todos concuerdan que la única víctima de su uso sería quien la dispare.

La prensa, por supuesto, está muy intrigada por este caso y le da una transcendencia que no parece justificada, excepto por el impacto de ribetes sensacionalistas. “Todo el mundo tendrá un arma!”; “Hay que prohibir o regular el uso de impresoras 3D” (ya un diputado en EE.UU. lo ha propuesto”); “Ya nadie estará seguro!”, son algunas de las frases que pueden escucharse.

Es sabido que quien desea comprar un arma ilegal real puede hacerlo fácilmente en casi cualquier país, por menos que el costo de una impresora 3D y, a veces, por menos del costo en plástico que se necesitaría para imprimirla. Ya en la segunda guerra mundial se distribuían armas llamadas “Liberator”, de las cuales toma su nombre esta arma “3D”, que eran de lata estampada y un resorte, muy baratas y para uno o dos tiros solamente, lo suficiente como para conseguir otra arma real en teoría. En todas las guerrillas e insurgencias o hasta en celdas en las cárceles se fabrican armas al menos igual de efectivas, o más, usando elementos caseros. Incluso, con acceso a un torno de bajo costo se puede fabricar una en cualquier casa. En definitiva, poder hacer un arma mala con una impresora 3D no agrega ninguna situación nueva al panorama.

Sin embargo, lo que sí logra esta noticia es desviar el foco sobre lo que realmente sí están logrando las impresoras 3D de bajo costo, cosas muy positivas para la sociedad. Un gran ejemplo fue la impresión de una pierna prostética para una niña que no podía adquirir una prótesis comercial. Se está experimentando también con la impresión de piel y hasta de órganos, que en un futuro cercano se podrán utilizar en humanos. Además, las impresoras están encontrando su lugar en la educación, ayudando a crear interés en los alumnos por la ingeniería y el diseño, fuentes de riqueza para las sociedades. Se está gestando el desarrollo de un nuevo tipo de emprendedor que armado con su impresora sale a ofrecer sus servicios de impresión 3D desde su casa o taller, así como su talento en el diseño para ser utilizado en cualquier parte del mundo. Los talleres que dependían de hacer costosas matrices para la fabricación de productos, que estaban limitados por su costo y tiempo de desarrollo, están pudiendo acortar esos tiempos mediante la impresión del molde en 3D, abaratando la producción.

Estas son las verdaderas transformaciones que logran las impresoras 3D hoy, no las teóricas implicancias del desarrollo de armas, que en realidad ni son prácticas, ni son nuevas.