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Un paraíso cercano

Apenas cruzada la tranquera del resort Elevage, en General Rodríguez, una liebre cruza el camino y se pierde tras un arbusto. El canto de una calandria llega desde algún lugar, mientras las copas de los eucaliptos se abren para dejar ver la fachada rojiza del edificio.

Cuesta creer que este paisaje de belleza campestre se encuentre a menos de una hora de Buenos Aires. Es una buena alternativa para tomar contacto con la naturaleza y las actividades de campo en un ambiente de calidez y confort. También cuenta con las instalaciones y la capacidad para ofrecer servicios corporativos. Desde su diseño, el lugar cumple con la premisa de brindar espacios para la integración y las actividades compartidas, pero sin perder la privacidad y la tranquilidad. Las galerías del casco principal dan a un jardín central, al cual miran también cada una de las 26 habitaciones. Del otro lado del jardín, la piscina invita al chapuzón despreocupado, a la lectura o a disfrutar de los tragos que ofrece el bar. En el huerto de árboles frutales despuntan los primeros aromas de azahar.

Cabalgatas, paseos y fogones
Detrás del cerco, caballos criollos se alimentan mansamente. “Rojo atardecer”, “Verde alfalfa” y “Azul tormenta” son algunos nombres de las habitaciones que anticipan la tonalidad de las paredes en su interior. Camas con baldaquines, colchones mullidos y terminaciones en madera, cuero y hierro forjado se suman para dar a los cuartos un aire campestre y sobrio, sin lujos pero muy cómodos.

Pero es en los espacios al aire libre y en las actividades de campo donde se centra la propuesta del resort: hay paseos en bicicleta y -dentro de las 10 hectáreas de parque- canchas de fútbol, bochas y vóley. En los corrales, las gallinas de guinea, los pavos y los faisanes llaman la atención de los más chicos. Cerca de allí, en un pequeño tambo, los menores aprenden los secretos de la producción lechera, la fabricación de muzzarella y el origen del exquisito dulce de leche que probaron en el desayuno.

Por la mañana o al atardecer, las cabalgatas guiadas inician a grandes y chicos en los rudimentos de la equitación. Junto a los paseos en carreta, permiten conocer las 64 hectáreas del resort. La gastronomía acompaña en todo momento: una carta bien provista de sabores criollos, dulces caseros, escabeches, pastelería y el infaltable asador, adonde suelen acercarse los visitantes para mirar y llevarse un trozo anticipado de carne. Muy cerca, en la pulpería Don Baroncho, cada detalle -desde las paredes de adobe hasta los antiguos sifones y la caja registradora- remite a los tiempos en que la pampa era tierra de gauchos nómades y pequeños fortines. Junto a las mesas de la entrada, un fogón espera que anochezca para encenderse con las primeras chispas y los cantos del payador.

En 1864, la escritora Juana Manso dedicó un artículo en el semanario “Flores del Aire” a la heroína de la independencia Juana Azurduy. Más de un siglo después, los salones del Elevage fueron bautizados en honor a ambas mujeres. Ventanales, luz natural y espacios amplios caracterizan estos espacios, que se suman a las canchas y las restantes instalaciones. El salón Juana Manso, junto a un camino de eucaliptos, fue adaptado sobre una caballeriza reciclada. El otro salón ocupa un ala del casco principal. Sus ventanales dan al jardín central, que de noche se ilumina con el brillo tenue de los braseros. Su galería es uno de los puntos privilegiados para ver la puesta del sol tras la arboleda. En el corazón del jardín, sobre una pérgola rodeada de senderos de piedras, los jazmines del aire se tiñen con la luz rosada del atardecer.


Fuente: Clarín
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