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De camping por las playas de la Argentina

La playa, ese bendito objeto de deseo que miles y miles de veraneantes pretenden alcanzar cuanto antes -catapultados especialmente desde las ciudades por un impulso irrefrenable-, empieza a desplegar su dilatada silueta en el extremo sur de la bahía de Samborombón, donde el Río de la Plata vuelca sus aguas oscuras en el luminoso oceáno Atlántico.

Allí, en San Clemente del Tuyú, la costa se estira hasta Cabo Vírgenes, cerca de Río Gallegos. Buena parte de ese recorrido es una invitación para refrescarse en el mar, a través de una sucesión de playas salpicadas -según el caso- por complejos turísticos, muelles para pescar, bosques, acantilados y desiertos de dunas. La playa es una tentadora lengua de 2.200 kilómetros desde San Clemente del Tuyú hasta Puerto San Julián (en Santa Cruz), en la que se alternan servicios accesibles para todos los bolsillos, paseos en tierra o embarcados, actividades deportivas y paisajes deslumbrantes.

Cuanto más atrás van quedando las grandes urbes por las rutas Interbalnearia 11, 88, 228, 72 y 3, la Naturaleza gana protagonismo y una forma de disfrutar del entorno natural, los balnearios y el tiempo de descanso aflora como una opción para tener muy en cuenta: el camping brinda esa posibilidad de combinar lo agreste con adecuados servicios básicos, un fenómeno de toda la Costa Atlántica que hace más de una década dejó de estar asociado con la improvisación. Si bien la idea básica del campamentismo se vincula con la experimentación, el descubrimiento y la resolución de situaciones sobre la marcha con ingenio e inventiva, en decenas de campings de primer nivel de la costa muchos detalles se contemplan de antemano.

Primera parada
Con el propósito de instalarse en estos sitios poco alterados por la mano del hombre antes de ir en busca del anhelado chapuzón en el mar, el complejo del Automóvil Club Argentino, en San Clemente, puede ser una elección acertada. Al igual que el cercano Estancia El Carmen, en Santa Teresita, responde al moderno concepto de camping, con amplios salones de eventos, parcelas para carpas, casas rodantes y motorhome y hasta opciones más cómodas para pernoctar, como cabañas o bungalows.

Desde San Clemente hasta Nueva Atlantis (o hasta la incipiente urbanización de Costa Esmeralda), el Partido de la Costa extiende sus 96 km de playas tranquilas -en los que prima un espítiru de aldea, como el exclusivo bosque con chalés de troncos de Costa del Este- y otras, populares y bastante más concurridas, que muestran características más urbanas.

Además de San Clemente -famoso por su parque temático Mundo Marino, el faro con ascensor vidriado y el Centro Termal-, San Bernardo (de intensa vida nocturna), Santa Teresita -donde atraen el Museo del Automóvil y los links de golf-, Mar de Ajó -con un casino- y Las Toninas (ofrece un Laberinto vegetal y bien montados complejos de juegos electrónicos y en red) son los balnearios más clásicos e importantes en cuanto a afluencia de veraneantes. De todas maneras, es posible que los parques y paseos bien diseñados, las amplias playas y extensos bosques de pinos y eucaliptos de La Lucila del Mar se ajusten mejor al gusto de los acampantes.

Más hacia el sur, Pinamar es un destino más caro, aunque también se acomoda sin esfuerzo al paladar de los amantes del aire libre y la naturaleza. Playas, bosques y dunas armonizan perfectamente desde la localidad cabecera hasta Cariló -pasando por Ostende, Mar de Ostende y Valeria del Mar-. Los atractivos de este partido pueden resultar más accesibles instalados en el autocamping Ostende.

Asimismo, en Villa Gesell -donde a la completa oferta de restaurantes, lugares de diversión nocturna, servicios y paseos habría que sumar una visita al Pinar del Norte creado por el pionero Carlos Gesell y una excursión en vehículo todoterreno hasta el faro Querandí-, el camping Casa Blanca puede ser una base para agendar.

Junto a una laguna conectada con el mar, Mar Chiquita y su vecina Santa Clara del Mar combinan bosques, médanos y playas con excelentes posibilidades de pesca y cervecerías artesanales.

Es una inmejorable antesala para llegar a Mar del Plata e instalarse en el camping Calasanz, cerca de la playa Estrada (entre el Parque Camet y La Perla), la avenida Constitución (la meca de las disco) y la ruta 2. Sin embargo, el perfil más natural y las mejores playas de la ciudad afloran en los balnearios del sur, camino a Chapadmalal.

Miramar crece en tranquilidad y seguridad. Al sur del paseo costanero está la “movida” para los chicos y adolescentes, sustentada por el buceo y el sandboard en las dunas. A 17 km, donde se levanta el camping La Ponderosa, Mar del Sud es una pequeña villa que nació en 1880, alrededor de un enorme hotel que atraía a turistas europeos. La escollera Rocas Negras regala uno de los paisajes más encantadores de la costa: alterna rocas oscuras con pequeñas ollas pobladas de hipocampos.

Naturaleza a pleno
A partir de allí y hasta la Patagonia, la orilla del mar se transforma en una franja amplia que no concibe multitudes -ni siquiera en la muy crecida ciudad de Necochea- y regodea la vista con los matices de la Naturaleza. Por ejemplo, a la altura de Lobería, el balneario Arenas Verdes, así como el camping Aldea de Mar, surge como un refugio discreto, para compartir deportes extremos y actividades de aventura con amigos.

A unos 10 km de Necochea, Costa Bonita es pura playa, aves marinas y dunas gigantescas. El destino familiar que representa Necochea ofrece 60 km de playas desde la desembocadura del río Quequén (donde se encuentra el camping Río Quequén, con piscina, bungalows y bajada para embarcaciones) hasta los desolados parajes Las Grutas (paredones de roca tallados por la acción del viento y el mar), Punta Negra (con numerosas piletas naturales) y Cueva del Tigre. Más adelante, San Cayetano es un santuario de abundante pesca desde la costa o embarcada.

A 700 m del mar, en Claromecó (uno de los balnearios cercanos a Tres Arroyos, con Reta, Orense y Marisol, la playa de la localidad de Oriente), en medio de un reparador pinar, el camping del ACA cuenta con canchas de paddle, bochas y vóley, fogones, proveeduría, quincho, dormys y opciones de cabalgatas, trekking y pesca.

Siguiendo por la ruta 3 hacia el sur, si bien brilla con luz propia, la cercanía con Bahía Blanca otorga a Monte Hermoso cierto aire de ciudad en desarrollo. Lo delatan sus hoteles, buenos restaurantes, el muy activo centro comercial y de entretenimientos, un casino, cine, pubs y el Americano, uno de los más completos campings del país. Pero también aquí tienen cabida el paisaje desolado y la playa sin obstáculos, extendida en 32 km. El sitio indicado para disfrutar de cuatriciclos, jeeps y 4×4. Los torneos de vóley, fútbol 5 y tejo comparten la playa, sin tensiones, con clases grupales de aerobic, salsa y recreación para chicos, mientras el viento anima a los windsurfistas.

Cuando puso pie en Pehuén Có, Charles Darwin fue deslumbrado por la playa inabarcable y encontró huellas que la prehistoria había dejado a la vista. Siglos después, la curiosidad atrajo aquí a Florentino Ameghino. El sugerente paisaje enmarca un circuito paleontológico, al otro lado de la mancha oscura que surge en la orilla cada vez que baja la marea: los restos del barco inglés La Soberana, encallado en el siglo XIX. La naturaleza a pleno tiene continuidad en el Bosque Encantado (a 5 km de la playa), con un camping que marca el punto final del circuito de las playas bonaerenses.

Al cruzar a Río Negro desde Carmen de Patagones, 30 km al sur de Viedma, el balneario El Cóndor se presenta como la espléndida puerta de entrada a la Patagonia de las playas. La privilegiada ubicación del balneario Los Trentinos -sobre la avenida Costanera- permite apreciar desde las alturas la playa extensa recortada por La Boca (la desembocadura del río Negro en el mar), el inabarcable mar azul planchado, los chalés enmarañados con la arboleda y la blanca figura del faro más antiguo de la región, construido en 1887.

Es un piasaje vasto y luminoso, que tiene continuidad en el Camino de la Costa (150 km de ripio paralelos a la ruta 3). Ya a esta altura, el viaje suele hacerse sin compañía a la vista, aunque sobrevolados por bandadas de loros barranqueros, que apuntan hacia los nidos con vista al mar que perforan en el acantilado. Crecen el paredón de roca -hojaldrado por la erosión del viento y el agua- y las huellas de gigantes que en la prehistoria merodeaban la Bajada del Espigón. Antes de llegar a la colonia de lobos marinos de Punta Bermeja, pescadores de tiburón y pejerrey comparten largas horas de esperanza.

La perla más conocida del golfo San Matías es Las Grutas, el enclave turístico patagónico de mayor afluencia después de Bariloche. Su popularidad no deja de crecer, por lo cual no es una mala elección para hospedarse el camping Oasis, algo alejado del área más concurrida. La olas del agua tibia y transparente se deshacen en la ancha franja de arena, a los pies de intimidantes acantilados rojizos. Las características naturales del balneario se prestan para los deportes náuticos, el buceo y la pesca. Pero es la solitaria playa Piedras Coloradas el lugar indicado para el campamentismo, el trekking y las cabalgatas.

Sorpresa en Sierra Grande
A 28 km de Sierra Grande, Playas Doradas vuelve a instalar a los visitantes ante un vasto escenario de arenas claras, donde el mar -enrojecido al atardecer por el sol en retirada- juguetea con jóvenes atléticos que practican carrovelismo, windsurf y esquí acuático. Un río llega a su desembocadura desde Somuncurá con su carga de arena y genera un fraternal abrazo entre la meseta y el mar.

En Chubut, esa agradable combinación que recrea la vista se reproduce alrededor del camping del ACA en Punta Piedras, sobre el bulevar Marítimo de Puerto Madryn. Es una base cómoda para planificar una excursión hasta Península Valdés, una visita a la pingüinera de Punta Tombo (180 km al sur), un recorrido por el circuito de pueblos galeses (como Trelew, Dolavon, Gaiman y Trevelin) y elegir entre las playas de la ciudad, El Doradillo (camino a la península) y Puerto Pirámide.

La fauna marina sigue sorprendiendo con reservas multitudinarias de elefantes y lobos marinos incluso en Playa Unión, a pocos km de Rawson. El balneario cuenta con muy buenos servicios en la playa y en el casco urbano, activa vida nocturna, bares y restaurantes. En todo este tramo de la Costa patagónica -desde Río Negro hasta Santa Cruz- sería un despropósito pasar por alto al menos una picada de mariscos y un exquisito pescado de mar.

A 10 km de Comodoro Rivadavia, Rada Tilly es un apacible rincón de belleza virgen. Encerrada entre dos bardas de la meseta que perforan el mar como una espada, la playa de arena de 4 km de largo se ensancha 600 metros en forma de herradura, para ceder espacio a discreción a lobos marinos sobrevolados por aladeltas y gaviotines, carros a vela, bañistas y concheros (pozos cavados por los primeros pobladores para enterrar los restos de las conchas con que se alimentaban).

En Santa Cruz, el espectáculo de la naturaleza se torna decididamente brillante en Puerto Deseado. El camping Municipal es una ventana abierta hacia los colores intensos que resaltan el mar, la meseta que se deshace en la ría y la roca colorada. Pareciera que cormoranes, gaviotas, toninas overas y palomas antárticas se apoderan de la costa y no aceptan compartir su belleza inconmensurable. Pero hay más: 387 km al sur, Puerto San Julián reserva la última sorpresa en los 25 km de su Circuito Costero. Playas de arena como Cabo Curioso y La Cascada, pesca de róbalo, pejerrey y cazón, una isla declarada Reserva Natural y el camping Municipal. El delicado capítulo final de una aventura fascinante.


Fuente: Clarín

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