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Disfrutar del vino,dormir entre las estrellas

Nombrar los Valles Calchaquíes es saborear el Torrontés, el blanco emblemático del norte argentino. Aunque ahora lo acompañan en prestigio las uvas tintas. Comenzando por el Malbec y siguiendo por el Cavernet Sauvignon, Syrah, Bonarda, Tannat, Tempranillo…

En Salta, como en Mendoza, hay un Camino del Vino, que pasa a mayor altura porque sus viñedos van desde los 1600 metros de Cafayate hasta los 2300 o más en Colomé, Molinos, Cachi y Tacuil.

Muchas bodegas reciben visitas y hay centros de degustación al estilo de California. Y se multiplican hoteles y hosterías para recibir pasajeros. Es una buena idea dormir entre los viñedos y salir a la mañana a recorrerlos guiados por expertos. Porque no es sólo cuestión de tomar vino, sino de conocerlo desde la base fundamental que es la uva. Lo demás viene por añadidura, con el sol y el esfuerzo.

Uno puede recorrer las vides para distinguir una cepa de otra. Las más antiguas se riegan por gravitación. Las nuevas, en cambio, reciben el goteo administrado por computadoras. El agua no abunda. Algunos tienen una intuitiva conexión con el subsuelo y buscan las napas usando la varilla en forma de Y de los rapdomantes.

De barro criollo
En la ex finca de Michel Torino, actualmente bodega El Esteco, se abrió Patios de Cafayate, el segundo cinco estrellas de Sheraton en Salta. Se mantuvo la construcción primitiva rodeada de viñedos bajo la dirección de Mariano Sepúlveda, uno de los arquitectos más notables en la defensa del patrimonio colonial. Es difícil distinguir lo nuevo de lo antiguo porque las paredes muy anchas, con ladrillos de adobe, son primas hermanas. El material de barro criollo se hace en el pueblo de San Carlos de la misma manera que hace siglos, porque no hay nada mejor para defenderse del calor o del frío en la amplitud térmica que desafía a las vides y los hombres a mantenerse fuertes. Las habitaciones, con hogares de leña, son todas diferentes, lo mismo que los muebles y tejidos.

También está el nuevo hotel Viñas de Cafayate en la trepada del cerro en la finca Calchaquí, de Osvaldo Palo Domingo, mi personaje inolvidable porque es una enciclopedia caminante sobre el vino y la gente. El diseño es igualmente colonial, con toques de refinamiento oriental, que se llevan muy bien con la naturaleza. El creador es Fabio H. Kishimoto, que dejó los trabajos de auditoría en Buenos Aires para buscar un horizonte distinto para su familia. Nacido en la Argentina, de padres japoneses, se siente más criollo que un gaucho, pero todo el mundo le dice el Japonés.

Con el mismo propósito de vitivinicultura y turismo, en Tolombón se está reciclando otra casona venerable entre vides centenarias.

Por otra parte, a dos horas de camino está Colomé, un complejo de bodega y hostería que brotó en el medio de la nada, a 2300 metros de altura en un pueblo de 400 personas que sobrevivían secando ajíes. Descubrió el lugar Donald M. Hess, con su mujer, Ursula, y produjo un Milagro Suizo. Junto con los restos de una bodega de 1831 y cepas de casi dos siglos, creo una estancia modelo donde vive la mitad del año. El resto lo pasa en Berna junto a su colección de arte moderno.

Otra propuesta exclusiva para dormir junto a las uvas es El Molino de Cachi Adentro, sobre el zigzagueo de la ruta 40. Una residencia familiar con pocas habitaciones, junto a un molino de piedra de 1623 que sigue funcionando, donde Alberto Durán produce vino a 2490 metros.

La hazaña pionera de los jesuitas que implantaron las vides en alta montaña en el siglo XVII tiene continuadores. Con el agregado del turismo temático para los amantes del vino y el aire puro.


Fuente: La Nación

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