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Por un camino de olivos y viñas

Muy cerca de La Rioja capital, un circuito aún no descubierto por el turismo masivo parece detenido en el tiempo: es la llamada Costa Riojana, una serie de pequeños pueblitos sumidos en el silencio más absoluto y rodeados de olivos y nogales, que se desgranan a lo largo de la ladera oriental del cerro Velasco, en el departamento Castro Barros.

Tienen apenas entre 100 y 800 habitantes y la mayoría conserva aún sus casas de adobe y sus antiquísimas iglesias. La Costa Riojana resulta un paseo diferente a todo, con una paz imperturbable y un microclima que se invita a practicar variadas opciones de turismo aventura o, simplemente, a disfrutar de la vida en contacto con la naturaleza.

El circuito va desde la capital hasta Aimogasta por la ruta provincial 75, un camino sinuoso que corre paralelo a las Sierras del Velasco y va serpenteando entre llanuras pobladas de cabras, arbustos y altas cornisas cubiertas de cardos. Cada tramo del camino es único y espectacular.

Apartándose ocho kilómetros de la capital, ya aparece la Quebrada de los Sauces, con su fantástico dique, desde donde se puede llegar a una de las mejores pistas de parapente y aladelta de la provincia: el Cerro de la Cruz, flanqueado por cóndores que vuelan en círculos.

Después de atravesar la Quebrada, el aroma a higos y duraznos pide hacer un alto en Sanagasta, una villa de verano con antiguas casonas de estilo italiano, calles angostas y jardines rodeados de árboles frutales, álamos y viñedos. El circuito se retoma por la Cuesta de Huaco, un clásico para practicar automovilismo y motocross (es el escenario de los tradicionales rallies riojanos), con badenes de arena gruesa, curvas y largas rectas hasta llegar al río Huaco.

A partir de allí, comienzan a aparecer a lo largo del camino (separados unos pocos kilómetros unos de otros) los pueblos de la costa, pequeños paraísos que huelen a verde y a fruta.

Los primeros poblados
El primer pueblo de la costa, Las Peñas, a 55 km de la capital, se compone apenas de una serie de casas construidas sobre enormes peñones de granito, con el trazado clásico rodeando la plaza y la iglesia y un silencio de otro mundo. Como se trata de una antigua zona de extracción de cal, todavía se conservan los hornos que se usaban a principios del siglo XX.

En Agua Blanca, como todos los otros pueblos, las calles son de tierra y las casas de adobe están rodeadas de plantaciones y mucho verde. Es un placer probar los deliciosos vinos pateros y dulces caseros, ya que en estos caseríos casi todas las familias fabrican sus propios dulces. Imperdibles la capilla de San Isidro Labrador y el Bosquecillo, un paraje con vertientes naturales de agua entre las piedras y una tupida y añosa arboleda.

Vale llegarse hasta Pinchas (a 80 km de la capital) para conocer el clásico turrón de arrope, pero además es un hermoso pueblo que desborda de frutales, hortalizas y nogales. Los habitantes viven de sus cultivos y hay una importante elaboración de artículos regionales como miel, dulces, frutas secas, mantas y tapices. Una casa emblemática del pueblo es la de Doña Frescura (tejedora con antepasados indígenas), donde se venden lindísimos tapices de paisajes norteños y arte rupestre, cestería fina y mantas de llama y vicuña, además de los dulces de membrillo más ricos de la zona. Es interesante también visitar el algarrobo histórico (a cuya sombra descansó Manuel Belgrano) y la iglesia de San Miguel Arcángel, de 1700.

Huellas de los diaguitas
Siguiendo tres kilómetros por la ruta y desviándose otros dos hacia el oeste se llega a Chuquis, pueblo de origen indígena (la palabra Chuquis viene del diaguita y es el cuarzo para fabricar la punta de las lanzas) y que vive del cultivo de olivo y nogal. Son muy recomendables la Casa-Museo donde nació Pedro Ignacio de Castro Barros y los restos arqueológicos de la cultura diaguita. Todos los eneros se realiza el Festival de la Yacurmana, dedicado a la diosa aborigen.

Los amantes del buen vino sólo tienen que recorrer otros cinco kilómetros más para llegar a Aminga, tierra de viñedos y bodegas que coexisten con quintas de naranjos, nogales y palmares. Vale la pena visitar alguna bodega para aprender las artes de la vendimia y la molienda, y luego subir por la calle principal y detenerse en alguno de los locales donde venden empanadas regionales, pan casero y embutidos, todo regado con exquisito vino riojano. Los 31 de diciembre se celebra el Festival del Tinkunako.

El pueblo siguiente es el renombrado Anillaco. Distinto al resto de los pueblos de esta costa, es el único con calles asfaltadas, elegantes casonas, hostería y hotel. Zona de herencia bodeguera, el camino de entrada está flanqueado por plantaciones de vid y en el pueblo se elabora artesanalmente una enorme variedad de dulces de membrillo, tomate y zapallo, alfajores de miel de caña, nueces confitadas, aceitunas y cebollitas en aceite. No hay que perderse los higos verdes en almíbar. Muy atractiva la Iglesia de San Antonio, joya arquitectónica.

Almendros y ciruelos
Los Molinos es un poblado muy pintoresco, con callejones de tierra bordeados de almendros, ciruelos, membrillos, olivos y nogales. En la plaza principal se conservan los restos de dos molinos harineros del siglo XVIII.

En tanto, Anjullón es base de muchos circuitos de travesías 4 x 4, motocross, trekking y cabalgatas por la región. Este pueblito cuenta también con una de las iglesias más bellas de la provincia: la de San Vicente Ferrer. También son famosos su queso de cabra, alfajores y turrones.

San Pedro y Santa Vera Cruz son los dos últimos pueblos del circuito, antes de cruzar al departamento de Arauco y llegar a Aimogasta. Ambos tienen iglesias construidas en piedra y rodeadas de bellísimos paisajes. Muy cerca, al pie de los cerros, el extraño castillo de Dionisio Aizcorbe -un ermitaño de largos cabellos blancos que llegó hace años de Santa Fe- le suma el último toque exótico a este recorrido con sabor riojano.


Fuente: Clarín

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