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El Bolsón y otras perlas cordilleranas

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Sin apuro, uno se deja seducir por cada rincón de la Comarca Andina del Paralelo 42°, desde El Foyel, en Río Negro, hasta Cholila, Chubut. Los placeres empiezan a vislumbrarse en El Bolsón, la pieza mayor de esta pléyade de poblados minúsculos sobre valles de montaña. A mediados de los ’60, la idea fija de una tierra prometida, lejana y próspera, atrajo hacia la región a miles de jóvenes de ideas libertarias y hábitos varios, que la época consideraba transgresores. Fueron seducidos por el valle decorado por cipreses, ríos cristalinos y microclima primaveral, a salvo de los vientos fuertes de la región y protegido por el cerro Piltriquitrón y la Cordillera. Hoy, el paralelo 42°, que divide Río Negro y Chubut, es una suerte de puerta vaivén que atraviesan los pobladores –cultores del arte y la conciencia ecológica–, mochileros y turistas más prolijos que bajan en auto 140 km para descubrir un rostro que contrasta decididamente con Bariloche.

En este lugar mitológico se conjugan la mera contemplación del paisaje y el contacto con la naturaleza: pesca, cabalgata, safaris fotográficos, trekking, rappel, escalada, rafting, mountain bike y 4×4. En la Feria Artesanal de la Plaza Pagano, poco impregnada por el sello hippie de antaño, los precursores puestos de artesanías, frutas, verduras y animales del 73 mutaron en un mercado callejero de 400 vendedores de comidas, instrumentos musicales, bijouterie y artesanías en madera, metal, lana, cuero, cerámica y flores secas. Melodías celtas resuenan desde la tienda de un luthier y musicalizan el paso cansino de vecinos y turistas. Hace décadas que las pasiones se aquietaron y los nyc (nacidos y criados) dejaron de sobresaltarse con la llegada de nuevos pobladores.

A esta altura, la historia de la comarca registra pinceladas difusas de las míticas reuniones de hippies a orillas del río Azul y la Comunidad del Arca, creada en 1973. Tampoco sobreviven el galpón de Las Golondrinas, el campo de Chatruc, el camping de Doña Rosa ni la casa del “Paisa” Fernando López. Refugios que solían recibir a aventureros enfundados en bambulas floreadas. Los gestores de la oleada migratoria de los 60 y 70 enriquecieron el aporte de los primeros pobladores. Mucho antes de 1926, cuando se fundó El Bolsón, la mixtura de la cultura mapuche con la española –introducida en 1620, cuando se fundó la Ciudad de los Césares– creció con la sabiduría de los pastores chilenos instalados a fines del siglo XIX. Después llegarían alemanes, polacos, libaneses, ucranianos y yugoslavos. Rumbo a Mallín Ahogado La magnificencia de la naturaleza estalla frente a miradores que espían el río Azul, camino a la Cascada Escondida de Mallín Ahogado. En la formación rocosa Cabeza de Indio, la vista se clava como una estaca y contempla en silencio, a la espera de la caída del sol entre maquis y calafates. Los frutos con que la naturaleza generosa premia el esfuerzo en estas tierras se perciben nítidamente en Villa Turismo, un conjunto de pintorescas cabañas de madera y chalés elegantes sobre el faldeo del “Piltri”, como los bolsonenses nombran a su venerado cerro guardián.

De la aldea sube un camino de ripio hacia una porción del bosque transformada en sala de arte a la intemperie: la vegetación arrasada por un incendio en 1978 ahora revive en 25 esculturas en troncos de lenga de 2 a 3 metros de altura, que antes yacían tumbados y teñidos de negro por las llamas. Cuando se silencia el galope cansino de los caballos que suben el sendero, allí sólo se oyen pájaros carpinteros que picotean maitenes y el rumor del río Quemquemtreu jugueteando entre las piedras. La noche estrellada sugiere disfrutar de un espectáculo de primer nivel, uno de los puntos fuertes de El Bolsón. Es cosa de todos los días deleitarse con melodías medievales, jazz, tango, salsa y rock con bandas en vivo. Apenas la ruta 40 (ex 258) se despega de El Bolsón, todo parece estar como al principio en aldeas de artesanos y campesinos calcadas sobre los valles.

La esforzada marcha del Trochita desde El Maitén hasta Desvío Thomae resulta un placer a 35 km por hora, entre la estepa y los pinares de los Benetton. El pueblo late alrededor del legendario tren y los talleres de reparación artesanal. A 30 km de allí, en Lago Puelo, la Patagonia vuelve a ser un vergel de jardines floridos y artesanos delicados. Una lancha se desliza sobre el agua serena, decididamente azul, hasta que los rápidos sacuden a la embarcación y sus pasajeros. Es la zona fronteriza, donde el lago Inferior y la selva valdiviana de Chile empiezan a hacer su aporte a la región infinitamente bella. Un asado de cordero patagónico en la hostería de Segundo Corral redondea el paseo por la Comarca Andina, una exquisita fruta fina.

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Fuente: Clarín

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