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El Proceso de Criar

Por: Lic. Marcela Aidenbaum

La primera infancia implica un momento clave en el desarrollo humano; es el tiempo donde se van “coleccionando” experiencias (buenas y malas, corporales y emocionales, verbales y gestuales). Implica el pasaje de la dependencia absoluta y la inmadurez, al logro de habilidades tan fundamentales para el ser humano como son pensar, desplazarse autónomamente por el mundo y hablar.

Desde el punto de vista neurobiológico, el bebe humano nace con millones de posibles conexiones neuronales. Gráficamente es como un barrio que viene equipado con las casas, los negocios, los edificios y las rutas que unen todos esos lugares. Esas calles conectan los diferentes destinos posibles. Habrá algunas rutas que serán más transitadas que otras (hablar, pensar, recordar, escribir, dibujar) y habrá otras tantas que estarán a la espera de ser recorridas. Pasados los primeros 5 o 6 años, algunas rutas que nunca fueron transitadas se obstruyen y otras desaparecen.

La primera infancia entonces, es el tiempo de brindar la mayor cantidad de caminos (estímulos) posibles para establecer conexiones que hagan más grande y florecido este barrio (que es el cerebro). No alcanza con una visita. Es en la repetición, en la práctica y el ejercicio donde se asienta la experiencia.

Los estímulos son mucho más que los juguetes o las actividades lúdico-intelectuales; cuando hablamos de estímulos hablamos de cuidado, de empatía, de hacer sentir bien al otro, de responder al llanto, de ser previsibles y poder anticipar, hablamos también de buena nutrición, de contacto físico, de respetar los sentimientos, de acompañar las diferentes etapas evolutivas y de dejarse sorprender. Jugar es tan necesario para nuestros hijos como dormir y comer.

En situaciones de extrema pobreza, de dolor por guerras y muerte….siempre hay un niño jugando. La infancia es tiempo de jugar, de explorar y experimentar. Como adultos observamos, acompañamos y estamos disponibles para nuestros niños en este proceso intenso que implica descubrir el mundo.

¿A qué nos referimos cuando hablamos de disponibilidad? Cuidar a un bebe y cuidar al vínculo que establecemos con él, es respetarlo, es escucharlo, es responder a sus demandas que aunque la cultura las tilde de manipulación con connotación negativa. Las señales subjetivas que un bebé expresa son SIEMPRE a atender. Son subjetivas porque no hay dos niños que se calmen de la misma manera, que coman igual, que lloren igual.

Los bebes “mal-criados” no son aquellos bebés escuchados, sostenidos en brazos, mimados, calmados y básicamente, contentos. ¡Qué bueno que alguien se acostumbre a no dudar de que la/s personas que lo cuidan están disponibles para él cuando los necesita! Esta experiencia de seguridad es fundamental para el fortalecimiento yoico de un sujeto en constitución.

Cuando un bebé llora está comunicando una necesidad; jamás lo hace para molestarnos o fastidiarnos. ¿Hay recetas para el consuelo? No. Hay ensayo y error, pero lo que nunca debería fallar es la capacidad que tiene el adulto padre, madre, cuidador, de responder a ese sujeto que clama por algo. “Su majestad el bebé” tiene la palabra (aunque todavía no las sepa decir).

Madres y padres de niños pequeños llegan a las entrevistas muchas veces devastados y desorientados frente a lo que ellos autodenominan un “caos familiar”. Ocurre que muchas veces hay una gran falla en la información respecto a los bebés y a la primera infancia. Tanto el hecho de convertirse en padres como la crianza, implican un proceso. Es los sucesivos encuentros que las manos se convertirán en caricia y los ojos en miradas. Y aprender que nutrir es mucho más que alimentar y que para mirar no bastan los ojos es algo a aprender. Demanda tiempo y paciencia. La entrega es así: a puro cuerpo y sorpresa.

Creer que todo es igual para todos es tranquilizador pero también frustrante. Las comparaciones, los hijos de los otros, los padres de otros hijos…. Si bien muchas veces es muy bueno ver reflejadas problemáticas cotidianas entre pares, también se corre el riesgo de quedar atrapado en una fantasía de bienestar o displacer que muchas veces obstaculiza centrarse en lo propio. Si un bebé llora mucho, de nada sirve (ni a él ni a nosotros como padres) encantarnos con el reflejo deslumbrante de aquel otro que no llora y es tranquilísimo.

Encontrarse con los hijos que uno tiene es encontrarse con uno mismo -con lo mejor y lo peor-, con esto que ellos provocan en nosotros que es tan único, tan visceral, inexplicable y que tiene sus raíces genealógicas en aquellos que fuimos nosotros mismos alguna vez y en quienes desempeñaron la tarea de ser nuestros padres.

La crianza además tiene este doble atributo de lo compartido y lo íntimo; naturaleza y cultura se unen para dar origen a estos nichos de desarrollo que como bien definen Sara Harkness y Charles Super “es aquel que incluye el ambiente físico y social de la vida del niño, las costumbres culturales con las que es criado y la psicología de quien lo atiende, lo cual constituye, desde luego el embudo por el que todos los niños humanos dependientes reciben una pequeña visión del mundo”.

Esta lente me permite estudiar así la crianza y a sus actores; siempre en términos singulares pero moviéndose en un tramado cultural que los envuelve y refleja así un estilo.

La experiencia, sabia consejera, enseña que así como en las manifestaciones artísticas más elaboradas, los estilos de crianza también tienen un encuadre cultural que acompaña a los padres en cada ceremonia cotidiana.

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