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Gigantes entre lagos y montañas

El verano en la Patagonia es un tiempo de autos que recorren largas distancias. Están quienes comienzan en San Martín de los Andes y bajan por los Siete Lagos hasta Bariloche. Otros parten de las orillas del Lago Nahuel Huapi y tras pasar por El Bolsón y Esquel dejan las montañas y se dirigen a las playas de Puerto Madryn o Las Grutas.

Pero en todos los casos, los caminos son los protagonistas. Y uno de los más bellos es el que cruza de Norte a Sur el Parque Nacional Los Alerces. Fundada en 1937, se trata de un área natural protegida de 263.000 hectáreas en cuyo extremo oeste las abundantes lluvias alimentan la formación más exuberante y rica dentro de los bosques andino-patagónicos: la selva valdiviana. Allí, entre muchas otras especies, el componente vegetal más destacado es el alerce, gigantesca especie puede alcanzar los 60 metros de alto con troncos de tres metros de diámetro y una edad de aproximadamente 3.000 años en algunos ejemplares.

De Norte a Sur
Desde Bariloche o desde la Comarca del Paralelo 42º se parte rumbo al Sur por la Ruta 40 primero y desviándose al Sud Oeste por la Ruta 71. Esta última es de ripio, pero se mantiene en buenas condiciones. A 22 kilómetros del ingreso al parque se encuentra Cholila, un poblado que acumula fama por diversos motivos. Allí se afincó en 1901 Butch Cassidy, el notorio ladrón norteamericano, en una cabaña igual a la de su familia en Circleville, Utah. En el mismo año, llegaron sus amigos Etta Place y Sundance Kid y, para 1905, este correcto gringo que administraba 300 vacunos, 1.500 ovinos y 28 buenos caballos volvía a organizar su Pandilla Salvaje para un asalto al Banco de Santa Cruz. También en Cholila se encuentra la Estancia Los Murmullos, que en 2007 sorprendiera al mundo ganadero con un remate multitudinario y con ejemplares de enorme calidad. Los lagos Lezana y Cholila y el río Carrileufú son tres excelentes sitios para la pesca que completan la oferta local.

Antes de ingresar al parque por la seccional Lago Rivadavia, se pueden aprovechar dos alojamientos de características diversas, pero ambos recomendables. El primero, más lujoso, es La Pilarica Lodge, un complejo con cinco habitaciones dobles, un amplio living de casi 100 metros cuadrados y la inmejorable ubicación a orillas del Carrileufú. Esto último, no hace falta decirlo, permite disfrutar de la pesca en todo momento a metros de las comodidades, como el hogar a leña o la cocina regional. Este emprendimiento, llevado adelante por Ramiro Ruiz, combina una serie de ventajas que lo hacen único con costos que no superan los $300 por día con pensión completa.

La otra opción es Cabañas Cerro La Momia, un clásico emprendimiento de agroturismo que combina alojamiento, un restaurante provisto con lo mejor de su huerta orgánica y actividades como trekking y cabalgatas a los pies del Cordón Rivadavia, cuya altura más cercana da nombre al complejo. Desde aquí restan sólo 6 kilómetros hasta ingresar al Parque.

Los protagonistas
El lago Rivadavia es un territorio de pescadores. En Bahía Solís, por ejemplo, donde sus aguas se derraman en el río del mismo nombre, se ven botes, bellyboats y cañas de fly cast por doquier. Ese mismo cauce desemboca a su vez en el Lago Verde, un pequeño espejo de agua que refleja los colores del bosque de cipreses, lengas y cohiues. En sus orillas se encuentra Lago Verde Wilderness Resort, actualmente el mejor alojamiento de todo el parque, incluso por encima de la legendaria Hostería Futalaufquen diseñada por Alejandro Bustillo. Este resort que aún no cumple la primera década de vida es parte de la cadena Ten Rivers & Ten Lakes y ofrece cabañas de lujo, un restaurante altamente recomendable y los servicios de algunos de los mejores guías de pesca de la Comarca de los Andes. También es el sitio más costoso entre las casi 300 plazas de alojamiento del parque.

El Lago Verde, que recibe sus aguas del río Rivadavia, las descarga en el río Arrayanes, sin dudas el más bello de los muchos que surcan el parque. Su nacimiento es, además, el punto de partida de las excursiones más atractivas de la zona. A un costado de la ruta 71, que bordea los lagos y ríos, se encuentra por ejemplo la Pasarela, un puente colgante que permite cruzar el Arrayanes. Luego, tras una caminata de 1.500 metros que bordea el breve río Menéndez, se arriba al lago del mismo nombre. Allí está el Puerto Chucao desde donde se inician dos recorridos diferentes pero atrayentes por igual.

El primero es la clásica excursión al Alerzal Milenario. Una navegación que permite arribar a Puerto Sagrario, un muelle ubicado en el extremo noroeste del lago, zona intangible poblada por la densa selva valdiviana. El nombre del paseo suele generar confusión, porque algunos viajeros esperan encontrarse con un bosque de alerces, tal como ocurre cuando se menciona un pinar. Pero aquí, una vez que se desciende del bote, se realiza un recorrido por la selva fría, que como tal tiene vegetación distribuida en pisos y una amplia biodiversidad. Entre las especies de mayor porte se encuentran árboles como el coihué y el ciprés, y entre todos ellos sorprende el alerce o lahuán, que en lengua mapuche significa “abuelo”.

No todos los lahuanes que se ven son milenarios. Aquí y allá aparecen jóvenes especímenes de apenas 500 ó 600 años, adolescentes esmirriados que aún tienen mucho que crecer. Tras llegar al mirador del Lago Cisne y visitar la cascada del río del mismo nombre, el paso culmina al pie del ejemplar de alerce más espectacular de esta zona del parque. Un lahuán de 2.600 años de antigüedad, más de 60 metros del altura y un tronco cuya base tiene más de dos metros de diámetro. Desde allí se regresa al puerto Sagrario y se recorre nuevamente el lago hasta Puerto Chucao, tras casi cinco horas de excursión (que tiene un costo de $100 por persona).

La otra gran alternativa para combinar vegetación exuberante y navegaciones lacustres es la propuesta de glaciar. Se trata de una excursión que permite llegar hasta la base del Glaciar del Cerro Torrecillas, también al noroeste del lago Menéndez. La partida es desde el mismo Puerto Chucao y tras bordear la Isla Grande se desembarca a los pies del cerro. El trekking es exigente y transcurre entre bosques de ciprés y sectores de selva fría para alcanzar, tras casi tres horas, la laguna alimentada por el propio glaciar. Por supuesto, en este caso se comparte el trayecto con grupos mucho más pequeños y con guías de montaña, accediendo a un contacto más cercano con la riqueza de este parque. Esta excursión, que sí incluye la comida, tiene un costo de $250.

La Villa Futalaufquen
De regreso a la Ruta 71, al dejar atrás la Pasarela, el camino gana altura y regala miradores del río Arrayanes para luego descender y volverse a encontrar con las aguas, esta vez del Lago Futalaufquen. En realidad, denominarlo así es reiterativo, porque su nombre se compone de dos palabras mapuches: futa, que es “grande”, y laufquen, que es “lago”. A lo largo de su margen izquierda se van sucediendo, a intervalos de tres o cuatro kilómetros, diversos alojamientos que van desde campings y cabañas a hosterías. Este año, una de las novedades en este sector es que Daniel Ferrada, chef del centro de esquí La Hoya, abrió un acogedor local llamado el Mirador del Lago junto a la Hostería Quimé Quipán. Allí, predominan los platos de cocina regional patagónica a base de cordero y trucha y por las tardes resalta la pastelería a cargo de Marita Muñoz.

Seis kilómetros más al Sur, el ripio termina y comienza el asfalto. Es el punto más austral del lago y allí se encuentra la Villa Futalaufquen y la Intendencia del parque. La primera cuenta con algunos servicios como una sala de atención médica, despensas y kiosco, pero no ofrece alojamiento, salvo en los campings organizados. La segunda dispone de un centro de interpretación e informes donde es necesario registrarse para realizar luego salidas de trekking.

En esta sección hay varias opciones. Una de ellas es el Sendero Cinco Saltos, una ascensión de dos horas y media partiendo desde el cercano Puerto Limonao que lleva hasta un mirador de los saltos del arroyo Los Pumas. Más exigente es el ascenso al Cerro Alto El Dedal, que requiere cinco o seis horas para llegar hasta la cumbre, desde donde se obtienen vistas increíbles del Futalafquen, el Cordón Situación y Valle del Río Desaguadero. Y si la intención es dedicar varias jornadas y adentrarse en los bosques, lo mejor es ir hacia el Lago Kruger. Se trata de una caminata de 12 horas de ida que parte desde Puerto Limonao y termina en el Lago Kruger. A mitad de camino, se encuentra Playa Blanca, donde se puede hacer noche y, si se combina previamente, es posible realizar el regreso en lancha surcando el Kruger, cruzando el Estrecho de Los Monstruos y luego el Futalaufquen.


Fuente: Cronista.com

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