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Los stakeholders quieren saber de qué se trata

La gente quiere saber. Los grupos de interés (o stakeholders) toman decisiones a diario en función de sus expectativas respecto de la marcha de la empresa a la que están vinculados.

Tratan de equivocarse lo menos posible, de lograr los niveles más razonables de certeza y les preocupa ser sorprendidos con efectos no deseados.

Así, ninguna organización puede pensar en su sustentabilidad, sin transparentar sus actividades, operaciones, marcha de sus negocios, el manejo de sus recursos humanos, su estrategia medioambiental y su inserción en la comunidad.

En este marco, un creciente número de empresas empieza a adjuntar voluntariamente, a sus estados contables tradicionales, el Balance Social.

Sin embargo, éstas conviven con compañías cerradas y opacas, que se niegan a informar a la comunidad acerca de sus actividades.

Muchas temen que la información sea usada en su contra y que dañe aspectos operativos vitales.

“Transparentar las actividades”, alegan, “puede perjudicar el secreto profesional del negocio, los bienes intangibles desarrollados como producto de la experiencia y de la investigación, las políticas y estrategias que contribuyen al logro de los objetivos, la gestión de la clientela y de las marcas”.

Ahora bien, ¿cómo lograr que estas empresas abran sus puertas a la sociedad?

En los últimos años, han surgido diversas normativas (en general, de carácter optativo) sobre los indicadores a presentar a la comunidad. GRI e ISO 26.000 son las más conocidas.

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires sancionó una ley (aún pendiente de reglamentación) que fija el piso de información que las empresas deben brindar periódicamente sobre medio ambiente, recursos humanos, transparencia y otras temáticas relacionadas.

No obstante, para que las normativas a favor de la transparencia funcionen, es necesario que vayan acompañadas de una adecuada dosis de protección a la organización.

La divulgación de los principales indicadores no debe atentar contra el principio de la libre empresa.

Entonces, ¿cuál es la receta de la transparencia?

El tránsito hacia los objetivos exige sensatez, aproximación permanente a la realidad y la creación de adecuados instrumentos de medición.

Accionistas y directivos deben cuidar al máximo el “equilibrio biológico” que implica la empresa inserta en la constelación de sus clientes, proveedores, sus recursos humanos y la comunidad en general.

La armonización de intereses debe predominar sobre cualquier forma de violencia.

En definitiva, actualmente ya nadie duda de que NO hay sustentabilidad posible para una empresa NO socialmente responsable.

Aunque también es necesario razonar con sensatez y aceptar que no todas las responsabilidades sociales recaen sobre la empresa.

El cuidado del medio ambiente, la preservación de un buen clima de trabajo, las retribuciones razonables y justas para los recursos humanos, la rentabilidad razonable para los inversores y la inserción de la empresa en la sociedad civil serán motivo de permanentes negociaciones.

En todo este proceso, la transparencia tiene una función vital. Es imprescindible romper el círculo vicioso de carencia de información-ignorancia-sospecha que atenta contra la confianza.

En definitiva, el futuro es una construcción sólo posible si se apoya en una visión compartida y optimista de los que interactúan acerca de “lo que vendrá”. Transparencia y visión positiva parecieran que van de la mano. Lo demás es puro cuento…