Inicio Bon Vivir Gastronomía Tomarse la vida con calma

Tomarse la vida con calma

Nació como un movimiento alimentario de protesta y terminó convirtiéndose en una tendencia cultural mundial en defensa de la biodiversidad y a favor del placer. Qué es Slow Food y cómo se vive en la Argentina

Piazza Spagna, Roma, 1986. La famosa empresa norteamericana McDonald’s se disponía a instalar su primer local de comida rápida en las inmediaciones de este punto turístico italiano. Sin embargo, un importante movimiento de resistencia se gestó alrededor de la novedad, dispuesto a impedir el desembarco.

Tres años después, y con la presencia de representantes de diferentes países, se formalizaba en París lo que se conocería como Slow Food, una respuesta de vanguardia a los efectos de la cultura de la comida industrial o fast food. “Slow Food empezó como un proyecto ‘en contra de’ y terminó en un proyecto cultural”, afirmó Santiago Abarca, coordinador de los convivia en la Argentina, a Infobae.com.

¿Qué es la eco-gastronomía?
Slow Food es una organización internacional no gubernamental y sin fines de lucro que tiene su sede en la ciudad de Bra, al noroeste de Italia. Más de 100 mil personas de 104 países de los cinco continentes adhieren a esta nueva cultura del placer.

Difundir las riquezas de cada región e impedir la desaparición de los sistemas de producción alimentaria artesanal son las metas de esta ONG. Abarca señaló que “Slow Food es un movimiento que no se opone al progreso, sino que pretende que no desaparezca el pequeño productor”.

Para enfrentar la estandarización de los alimentos y el empobrecimiento de los sentidos, se encarga, por un lado, de proteger la biodiversidad, promoviendo la producción sin agregados de agroquímicos. Y, por otro, apoya el desarrollo de microeconomías de regiones marginales.

Un alimento es considerado slow cuando está inmerso en su entorno ecológico y cultural, y responde positivamente a tres pilares: Bueno (rico, de calidad), Limpio (sano y en relación con el medioambiente) y Justo (que el agricultor o ganadero reciba, al final de la cadena productiva, una parte significativa del valor del producto). “Se trata de acercar al consumidor y al productor”, señaló Abarca.

Y la manera que tiene Slow Food para lograr esto es promoviendo la creación de conviviums o convivias (palabra latina que significa “convivir” y que designa a los grupos que difunden la idea slow, buscan nuevos socios y rescatan la producción local), la designación de baluartes en cada región y el establecimiento de una red de productores locales, entre otras iniciativas.

Comida slow en la Argentina
Desde Slow Food pregonan que cada cultura y cada nación cultiva, prepara y come los alimentos de una manera especial. “Lo que nos importa son las tradiciones de cada país y las costumbres de cada región”, contó a Infobae.com Titina Núñez, directora del movimiento en Uruguay.

Para Abarca, en la Argentina “tenemos pequeños diamantes perdidos y no sabemos qué hacer con ellos”. Por eso, el movimiento nacional se encargó de rescatar producciones locales que estaban perdidas en la inmensidad del país y darlas a conocer, acercándolas al mercado y presentándolas en exposiciones. “Nuestros baluartes son la papa y el maíz andinos, y el yaco (especie de batata)”, explicó.

Mientras la papa andina logró insertarse en el mercado bonaerense, y permite ahora vivir a 150 familias encargadas de su desarrollo, el maíz de Catamarca producido por 30 familias pudo ser exportado a Italia, y el yaco permite la subsistencia a otros 13 grupos familiares. Y todo gracias al apoyo de Slow Food.

Son nueve los convivia en la Argentina. Cuatro se encuentran en la provincia de Buenos Aires (uno de ellos en Mar del Plata) y el resto se distribuye en Córdoba, Tucumán-Salta, Rosario, Mendoza y Tierra del Fuego.

La vida en cámara lenta
A partir de la difusión mundial de la idea de Slow Food, cuyo eje es la alimentación, surgieron en distintos ámbitos proyectos asociados a la desaceleración de la vida y el mayor disfrute de la misma, como la arquitectura slow, las rutinas slow en las empresas (como incluir en la jornada laboral momentos para que los empleados duerman la siesta o trabajen sin la computadora), el turismo slow, y hasta el slow sex.

Se trata de programas que, si bien nacieron como reflejo de Slow Food, hoy tienen total autonomía.

Por otra parte, también existen en el mundo 70 ciudades slow aprobadas, todas ellas en Europa, y hay otras 300 en lista de espera. Nuestro país no cuenta con ninguna ciudad slow.

La propuesta de Slow Food nada tiene de utópica. Tal vez la mejor frase para explicar lo que significa el movimiento es una de Piero Sarda, presidente de la Fundación para la Biodiversidad: “No es que seamos fanáticos de ‘lo pequeño es hermoso’, pero lo cierto es que son los pequeños productores los que asumen el rol de defensores de origen, protegiendo así la seguridad alimentaria del planeta”.