Por: Laura Szmuch, Entrenadora PNL, Coach ontológico modelo transformacional, www.lauraszmuch.com.ar

Durante nuestra vida ocurren muchas cosas. Algunas, decimos, nos hacen sentir felices y otras nos hacen mal. Al observar a personas que han tenido grandes desafíos en sus vidas, podemos notar que lo que sucede puede ser vivido de diferentes maneras. Ante pérdidas, accidentes, enfermedades y crisis de todo tipo, hay personas que se vuelven más fuertes y concentran su energía en encontrar soluciones y otros, a partir de esos eventos, se frustran, generan resentimiento o una profunda tristeza.

Cuando no somos maduros emocionalmente, o cuando vivimos distraídos, sin conciencia de nosotros mismos, nos manejamos desde la pasividad. Todo lo que sucede nos sucede desde afuera.

Veamos algunos ejemplos:

Muchas personas dicen permanentemente cosas como estas:“Esa noticia me arruinó el día”, “Me hizo equivocar”, “Lo que me dijo no me deja concentrar”, “Me molesta”, “Me enoja”, y tantas otras. La fuente del estado emocional o de las equivocaciones siempre viene desde otro lado. La persona es víctima de sus problemas, de otras personas, situaciones, o influencias ajenas. Lo podemos detectar muy fácilmente porque la mayoría de sus oraciones tienen el pronombre “me”. Son los otros los que deciden, y esta persona es quien actúa en consecuencia. Es decir, como el otro dijo determinada cosa, hay que reaccionar de esta manera. “Como me hicieron xxx, yo respondo haciendo yyy”. De esta forma, la persona vive en un vaivén interminable de respuestas no elegidas sino condicionadas por lo que interpretan acerca de las intenciones de los demás, o lo que la vida les ha deparado.

Decidir por nosotros mismos
Cuando somos maduros, y tenemos conciencia de nuestras emociones, sabemos distinguir entre lo que sucede afuera y la verdadera esencia de quiénes somos. Cuando aprendemos a aceptar lo que sucede, en lugar de simplemente resignarnos o pelearnos con la realidad tal como la percibimos, dejamos de reaccionar. Recordemos que las reacciones son solamente actos mecánicos, algo fuera de nuestro control o decisión. Son hábitos de pensamiento que hemos aprendido, y al no detenernos a reflexionar, se transforman en la única opción disponible. Cuando creemos, por ejemplo, que el enojo es la única posibilidad para conseguir lo que deseamos, vamos a vivir enojados. Lo más peligroso de vivir desde la reacción es que los demás se dan cuenta de cuáles son nuestras zonas vulnerables y van a aprovecharse de ellas cada vez que puedan, aún sin notar que lo están haciendo. Por otro lado, aprender a vivir desde la aceptación no significa permanecer sin hacer nada. Cuando aceptamos una situación, podemos buscar soluciones, alternativas, otros modos de resolver, con naturaleza completamente diferente a como cuando reaccionamos. Cuando en lugar de estar en la emocionalidad de la víctima nos centramos en la fortaleza de una persona que sabe que puede generar cambios y modificar realidades, actuamos decidiendo qué hacer desde una percepción más amplia que la de pobremente responder en forma automática a lo que decidieron otros.

Todo se aprende
Si no sabemos cómo dejar de reaccionar y empezar a actuar, la buena noticia es que todo se aprende. Así como aprendimos muchas conductas en piloto automático, por ejemplo: “Cuando me preguntan determinada cosa, respondo de tal manera” o “Si se descompone un artefacto, ya estoy furiosa todo el día”, empecemos a buscar modos alternativos y más saludables para actuar. El espacio que nos damos entre lo que ocurre y lo que hacemos, ese momento donde nos detenemos a respirar, conectar con nosotros mismos, y a buscar algo más sano para hacer, es lo que llamamos libertad.

Qué podemos hacer
Hay muchas maneras para aprender a estar centrados y dejar de reaccionar. Cultivar una vida proactiva en lugar de reactiva es un cambio de actitud que marcará un antes y un después en nuestras vidas.

Estar en un estado de presencia hace que percibamos la situación tal como es, y no con gran influencia por los recuerdos de otras situaciones parecidas que pudimos haber vivido en otros momentos. Se requiere tener la valentía de soltar lo que ya no nos sirve, nos hace mal, o nos ata a un pasado que ya no existe.

Respirar, centrarnos, buscar el equilibrio
Para centrarnos, podemos comenzar siendo conscientes de nuestra respiración. Notar hasta dónde llega el aire, cómo son las inhalaciones y las exhalaciones. Al volver nuestra atención al acto de respirar, los pensamientos se ordenan, la mente se aquieta, y nos volvemos disponibles para tomar decisiones en lugar de reaccionar.

Conocer nuestras emociones
Otra manera para aprender a estar centrados es notar qué emoción prevalece en nosotros, es decir, en qué estado emocional estamos en forma casi permanente. ¿Nos percibimos con deseos de crear, o con una tendencia muy fuerte a lamentarnos por lo que no podemos hacer? Si notamos que la mayor parte del tiempo estamos en un estado de frustración, enojo o lamento, es hora de pedir ayuda y empezar a cambiar.

Entender que somos creadores poderosos
Tanto si percibimos la vida como llena de posibilidades como todo lo contrario, conseguiremos lo que estamos nutriendo dentro de nosotros. Nuestra intención se alimenta de nuestras emociones y expectativas y toma forma a través de la acción o reacción. ¿Con cuál de ellas te quedas, sabiendo que puedes elegir?

Enfocar en nuestras capacidades
En todo momento, y especialmente cuando estamos atravesando desafíos, es necesario utilizar nuestros recursos internos, en lugar de abandonarnos al estado de víctima. Dedicarnos tiempo y atención, meditar, relajarnos, contactar personas que nos apoyen y que nos ayuden a enfocar en lo mejor de nosotros es una excelente opción.

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